El edificio de oficinas ubicado en la zona de Retiro, a pocas cuadras del puerto, es un construcción de los años ochenta que ha albergado a decenas de pequeñas empresas a lo largo de las décadas. Nadie pensó que se convertiría en protagonista de un misterio que aún hoy genera debate entre los empleados que trabajaban allí. Todo comenzó un martes de abril, cuando el encargado de mantenimiento revisaba las grabaciones de las cámaras de seguridad como parte de su rutina mensual.
Lo que encontró lo dejó desconcertado: entre las 8:47 de la mañana y las 20:15 de la noche, la cámara ubicada en el pasillo del tercer piso había registrado una sala completamente vacía. Perfectamente iluminada, sin movimiento alguno, sin sombras fuera de lugar. Pero aquello no debería haber sido posible. Según los registros de asistencia de la empresa de seguridad, dieciocho personas habían ingresado al edificio ese día. Cinco de ellas trabajaban en el tercer piso. Sus tarjetas magnéticas habían sido escaneadas tanto en la entrada como en la salida. Los relojeros biométricos de los escritorios también registraban sus jornadas. Sin embargo, ninguna de esas personas aparecía en el vídeo del pasillo.
El Protocolo de Revisión
La empresa de seguridad fue contactada de inmediato. Sus técnicos revisaron el equipamiento: la cámara funcionaba correctamente, el sistema de grabación estaba operativo, no había cortes de energía registrados en esa franja horaria. Los cables estaban intactos. El almacenamiento de datos no presentaba corrupción. Incluso analizaron el vídeo frame por frame buscando algún tipo de manipulación digital, pero todo parecía auténtico, grabado en tiempo real. La resolución, el timestamp, las variaciones sutiles de luz natural que entraba por las ventanas del extremo del corredor: todo era consistente. Lo extraño era precisamente eso: la perfección de la ausencia. Un pasillo que no debería estar vacío, capturado en toda su quietud durante casi doce horas.
Los cinco empleados fueron interrogados por separado. Todos coincidieron en que habían estado en el tercer piso durante esa jornada. Algunos afirmaron haber pasado por el pasillo múltiples veces: para ir al baño, para buscar documentos en el archivo compartido, para tomar café en la pequeña despensa. Pero en el vídeo no hay rastro de nadie. No hay una sombra, no hay un reflejo tardío en las paredes de vidrio, no hay ni siquiera la deformación del aire caliente de un cuerpo humano. Uno de ellos, un contador que llevaba años en el lugar, mencionó algo inusual: ese día el edificio había estado "demasiado silencioso", como si el sonido mismo se hubiera evaporado después del mediodía. Sus compañeros lo corroboraron de manera independiente.
El archivo se cerró sin conclusiones oficiales. La cámara fue reemplazada por precaución. Desde entonces, varios empleados pidieron cambio de oficina. El pasillo del tercer piso permanece igual que siempre: bien iluminado, perfectamente vigilado, y tan extrañamente silencioso como lo fue aquel martes de abril. Los nuevos videos nunca muestran nada fuera de lo ordinario. Pero algunos trabajadores evitan pasar por allí después de las cuatro de la tarde, cuando la luz natural comienza a desvanecerse y el pasillo recupera esa cualidad de vacío absoluto que lo hizo famoso entre las historias no resueltas del barrio.