En octubre de 2019, mientras se ejecutaban trabajos de restauración en el sótano del bar "La Vuelta del Río" —un establecimiento que llevaba más de ochenta años en funcionamiento en las angostas calles de La Boca—, los obreros descubrieron algo que cambiaría la percepción del barrio. Al remover un muro de ladrillos deteriorados, aparecieron los restos de una puerta de hierro oxidado, sellada desde hacía décadas. Detrás de ella se ocultaba una sala que ningún registro municipal, ningún plano histórico mencionaba. Era como si aquella cámara hubiera existido en un pliegue olvidado de la realidad porteña.
El interior revelaba una decoración que desafiaba cualquier explicación racional. Las paredes estaban cubiertas con símbolos grabados directamente en el yeso: pentagramas irregulares, círculos concéntricos y signos que parecían una mezcla de escritura astrológica y caracteres que no correspondían a ningún alfabeto conocido. En el centro de la sala se encontraba un altar rudimentario construido con ladrillos y madera, donde descansaban vasijas de barro con residuos que los análisis posteriores identificaron como quemaduras de hierbas y sustancias indeterminadas. Alrededor del altar, el piso presentaba manchas oscuras cuya naturaleza exacta nunca fue confirmada públicamente. Lo más inquietante era el collar de huesos pequeños —algunos claramente de animal, otros cuya procedencia causaba incomodidad— colgado de un clavo herrumbrado en la pared posterior.
Según testimonios recopilados de antiguos dueños del bar y clientes de décadas atrás, la sala había permanecido cerrada desde mediados de los años sesenta. Algunos vecinos recordaban rumores sobre reuniones secretas que ocurrían en las madrugadas, cuando el bar cerraba sus puertas. Hablaban de grupos reducidos que bajaban al sótano entre las 2 y las 4 de la mañana, cuando el río Riachuelo despedía sus peores vapores y el barrio dormía bajo la neblina. Un ex empleado, quien pidió no ser identificado, mencionó en conversaciones privadas que su tío trabajó allí en los años cincuenta y desapareció sin dejar rastro. La conexión nunca fue investigada formalmente.
El silencio oficial y las preguntas sin respuesta
Las autoridades competentes clausuraron el acceso a la sala dentro de veinticuatro horas. Los objetos fueron catalogados como "artefactos de interés antropológico" y trasladados a depósitos municipales donde, presuntamente, permanecen hasta hoy. El bar fue autorizado a continuar con su remodelación bajo la condición de sellar permanentemente la cámara. Ningún informe oficial fue publicado. Ninguna investigación sobre la secta fue abierta públicamente. El expediente simplemente desapareció de los registros accesibles, como si alguien hubiera decidido que ciertos misterios de La Boca debían permanecer enterrados.
Hoy, quienes visitan el bar notan que el sótano ya no existe en los planos. Las escaleras que conducían hacia abajo fueron rellenadas con hormigón. Pero en las noches especialmente frías, cuando la humedad del río se filtra entre las grietas del piso, algunos clientes juran escuchar sonidos metálicos —como si alguien estuviera moviendo vasijas de barro en la oscuridad— provenientes del lugar donde antes existía la sala. La pregunta persiste en el aire salino de La Boca: ¿quiénes fueron realmente, y por qué su rastro fue borrado tan cuidadosamente?