Los tejados de Oporto guardan secretos que la ciudad prefiere olvidar. Desde hace tres años, los residentes del barrio histórico de Ribeira —ese laberinto de callejones empedrados que descienden hasta el Duero— reportan avistamientos nocturnos de una figura que se desplaza sobre cuatro extremidades por los techos de pizarra y cerámica vidriada. No es un gato. No es un perro. Quienes aseguran haberla visto describen algo más grande, más ágil, con un movimiento que desafía las leyes conocidas de la anatomía animal.
El primer reporte documentado data de marzo de 2021. Una residente de la Rua das Flores, una de las vías más transitadas del barrio antiguo, fue despertada por un ruido sordo en el tejado de su edificio de cuatro pisos. Mirando por la ventana, juró haber visto una silueta oscura, cuadrupeda, moviéndose con velocidad imposible de un extremo al otro de la azotea. Desde entonces, los testimonios se multiplicaron. Conductores del tradicional tranvía 28 —ese vehículo amarillo que trepa por las empinadas pendientes de Ribeira— han reportado movimientos furtivos sobre sus cabezas mientras cruzan los tramos más antiguos de la línea. Vigilantes nocturnos de los establecimientos turísticos han escuchado arañazos en las tejas. Una noche de junio, un empleado de un restaurante de bacalao à Brás aseguró fotografiar un par de ojos brillantes sobre el tejado contiguo. La imagen, pixelada y poco concluyente, circuló en grupos de WhatsApp locales y alimentó la paranoia.
Explicaciones que no satisfacen
Las autoridades han descartado tanto animales escapados de zoológicos como especies documentadas del norte de Portugal. Un oficial de la policía local sugirió públicamente que se trataba de un lince ibérico desorientado, pero la teoría fue rechazada por biólogos: los linces no caminan en cuatro patas de esa manera, no tienen ese comportamiento depredador urbano. Otros han invocado explicaciones más mundanas: alucinaciones colectivas, perros de gran tamaño fotografiados con perspectivas engañosas, la imaginación exacerbada por los vinos de Oporto y la atmósfera gótica de Ribeira. Sin embargo, lo que ninguno de estos escépticos puede explicar son los arañazos paralelos encontrados en las tejas —demasiado profundos, demasiado espaciados— ni el hecho de que múltiples testigos independientes, incluyendo turistas de paso, hayan reportado lo mismo sin conocerse entre sí.
Hoy, cuando cae la noche sobre Oporto, los residentes de Ribeira evitan mirar hacia arriba. Las tejas que brillan bajo la lluvia portuguesa parecen esconder algo más que secretos arquitectónicos. Y en las madrugadas silenciosas, cuando solo el murmullo del Duero rompe el silencio, aún hay quienes juran escuchar las garras de algo imposible raspando contra la cerámica centenaria. La bestia de los tejados sigue ahí, esperando. Siempre esperando.