Era viernes 14 de octubre de 2019 cuando Martín y Lucía entraron juntos a "El Sótano", una discoteca ubicada en una callejuela angosta del barrio de La Boca, Buenos Aires. El lugar era legendario entre los noctámbulos porteños: tres pisos de música electrónica, paredes de ladrillo rojo sin revocar, y un sótano tan profundo que los rumores decían que se conectaba con túneles coloniales bajo la ciudad. No había forma de verificarlo. Nadie que lo hubiera explorado completamente había regresado con pruebas.

Ambos llevaban apenas tres meses de relación. Lucía trabajaba como historiadora en un museo cercano; Martín era músico. Esa noche querían celebrar el cumpleaños de una amiga común. Entraron alrededor de las 23:30, cuando la pista principal vibraba con cuerpos sudorosos bajo luces estroboscópicas azules y violetas. Según los testimonios de amigos que los acompañaban, la pareja se separó cuando Lucía fue al baño en el segundo piso. Martín se quedó en la pista principal, en el primer nivel. Era un momento fugaz, un gesto cotidiano. Ella dijo: "Vuelvo en cinco minutos". Luego: nada.

Cuando Lucía regresó al primer piso, Martín no estaba donde lo había dejado. Sus amigos lo buscaron entre la multitud, gritando su nombre en medio de la música ensordecedora. Nada. Bajaron al sótano, ese lugar tenebroso iluminado apenas por luces negras que hacían brillar solo la ropa clara. Martín no estaba allí tampoco. Pero lo extraño sucedió después: a las 2:47 de la mañana, Lucía recibió un mensaje de texto de Martín. Solo decía: "¿Dónde estás?" El número provenía del mismo teléfono que él llevaba, pero cuando ella intentó llamar, la línea estaba apagada. Los policías que revisaron después los registros de telefonía no encontraron ninguna anomalía técnica.

El expediente sin cierre

La desaparición fue reportada a la mañana siguiente. La policía revisó las cámaras de seguridad de "El Sótano"—un sistema antiguo de VHS que el dueño del lugar mantenía con negligencia—y encontró que la grabación del sótano había desaparecido de los archivos. Las del primer y segundo piso mostraban a Martín en la pista, moviéndose rítmicamente, pero luego, sin transición clara, simplemente dejaba de verse. No había imágenes de él saliendo por las puertas principales. No había cuerpo. No había sangre. Solo ausencia.

Lucía fue entrevistada decenas de veces. Insistía en la realidad del mensaje de texto. Un psicólogo forense sugirió que podría haber sido un brote disociativo compartido, aunque eso carecía de sustento científico. Años después, Lucía seguía viviendo en Buenos Aires, pero dejó de frecuentar discotecas. Algunos compañeros del museo reportaron que, en noches de viernes, la veían en la esquina de La Boca, mirando fijamente el edificio de ladrillo rojo donde desapareció su amor. El expediente sigue abierto, clasificado como "desaparición sin esclarecer". Y cada viernes, en "El Sótano", los empleados juran escuchar una canción que no está en su lista de reproducción: un tema de 1982, tocado en bucle, en el sótano, a las 23:47.