La noche del 16 de octubre de 1974, Aurelio Mesías completaba treinta años trabajando como sereno en el Palacio Municipal de Lima, ubicado en pleno corazón del Centro Histórico. A los sesenta y dos años, era una figura conocida en el barrio: cada medianoche iniciaba su ronda metódica por los pasillos de mármol blanco y los archivos polvorientos del edificio colonial. Nunca faltó un día. Nunca se retrasó. Pero esa noche, cuando el vigilante de turno de la puerta principal lo buscó para la revisión de rutina a las tres de la madrugada, Aurelio había desaparecido sin dejar más que su linterna apagada sobre un escritorio del segundo piso.

La investigación inicial fue superficial. La policía clasificó el caso como una "ausencia voluntaria" —suposición que indignó profundamente a la familia de Mesías—, aunque los periódicos sensacionalistas especulaban sobre accidentes en las catacumbas debajo del edificio o, en las versiones más sórdidas, sobre encuentros paranormales en las alas deshabitadas del Palacio. Lo cierto es que el edificio, construido en 1870, albergaba secretos arquitectónicos: sótanos interconectados con antiguas redes de tuberías, escaleras que no llevaban a ningún lado, y cuartos sin ventanas que figuraban en planos desaparecidos. El mismo Aurelio había mencionado en conversaciones casuales que "algo no estaba bien" en el ala oeste del tercer piso, donde reporteros de décadas anteriores afirmaban haber escuchado pasos en horarios en que nadie debería estar presente.

El expediente sin cerrar

Una semana después, los tranvías número 2 que circulaban por la avenida Paseo de la República —justo frente al Palacio— comenzaron a reportar demoras inexplicables en su recorrido, como si algo obstruyese las vías. Nunca se encontró nada. El uniforme de Aurelio fue hallado doblado con precisión quirúrgica en la sala de descanso del personal, pero sus documentos de identidad habían desaparecido. No había señales de violencia. Sus zapatos, gastados por treinta años de rondas nocturnas, estaban alineados perfectamente bajo el escritorio donde descansaba su linterna.

Los archivos del caso fueron cerrados en 1976 sin conclusiones. La familia solicitó reaperturas en 1983 y nuevamente en 1998, pero las autoridades argumentaban que no había evidencia de delito. En la actualidad, custodios del Palacio Municipal reportan avistamientos ocasionales: una sombra que recorre los pasillos del segundo piso cada 16 de octubre, pasos que se detienen exactamente a las 3:00 a.m., y —en al menos tres ocasiones documentadas— la linterna de Aurelio encendiéndose sola en la oscuridad. Los trabajadores actuales evitan pasar por el ala oeste después del anochecer. El Palacio Municipal sigue en pie, guardando sus secretos en catacumbas inexploradas, mientras que Aurelio Mesías permanece en el limbo de los desaparecidos: ni muerto, ni vivo, solo presente en el murmullo nocturno de un edificio que nunca lo olvidó.