La Bolsa de Valores de Riga ocupa un edificio de 1905 en el corazón del barrio histórico de Vecrīga, donde las calles empedradas aún conservan los surcos de los carruajes del Imperio Ruso. En la madrugada del 17 de marzo de 2019, Andris Kalniņš, vigilante nocturno con dieciséis años de trayectoria impecable, entró por la puerta lateral de Kalķu iela como hacía cada noche a las 22:15. Las cámaras de seguridad lo capturaron. Su uniforme gris, su linterna LED, su expresión rutinaria. Lo que sucedió después permanece sin explicación oficial.
Según los registros del sistema de control de acceso, Kalniņš completó sus rondas habituales entre las 22:30 y las 04:45. Los sensores de movimiento lo registraron pasando por los corredores del segundo y tercer piso, donde se guardan los archivos históricos de transacciones bálticas. Sus pasos, metódicos como siempre, fueron detectados en la bóveda de seguridad a las 03:12. Pero cuando llegó las 06:00 —su hora de salida— la tarjeta de proximidad de Kalniņš nunca activó la puerta de egreso. Su coche seguía en el estacionamiento. Sus llaves seguían en su casillero.
El vacío
Los primeros veinte minutos, sus superiores asumieron un error técnico. El edificio de la Bolsa es un laberinto: seis plantas, pasajes conectores, escaleras de servicio que datan de cuando el lugar funcionaba como juzgado del zar. A los treinta minutos llamaron a la policía de Riga. Los agentes encontraron las puertas internas cerradas desde adentro. Ninguna ventana forzada. Las cámaras de seguridad mostraban un vacío absoluto después de las 04:47: ni un fotograma de Kalniņš saliendo, ni en pasillos posteriores, ni en escaleras. Era como si el edificio lo hubiera tragado.
La búsqueda se extendió durante días. Perros entrenados recorrieron cada rincón del edificio histórico. Encontraron su linterna apagada en el sótano, junto a tuberías de vapor del antiguo sistema de calefacción. Encontraron su reloj de pulsera, parado a las 05:33. Pero de Andris Kalniņš, ningún rastro. Los registros de su tarjeta de fichaje fueron analizados por expertos en ciberseguridad: sin manipulaciones detectables. El sistema simplemente no registró su salida esa noche, como si nunca hubiera existido después de cierta hora.
La investigación oficial concluyó dieciocho meses después sin conclusiones. La hipótesis más aceptada entre los oficiales fue que Kalniņš sufrió un episodio médico grave —infarto, derrame— y su cuerpo fue trasladado de algún modo que las cámaras no capturaron, quizá por conductos de ventilación o espacios entre paredes que ni siquiera el personal del edificio conocía. Pero los voluntarios que años después visitaron la Bolsa por razones paranormales reportaron algo inquietante: en ciertas noches, el sonido de pasos lentos que recorren los corredores del tercer piso, siempre a las 04:47, siempre deteniéndose ante la puerta de salida, como si alguien siguiera haciendo su última ronda. La tarjeta de proximidad nunca lo deja partir.