En el puerto viejo de La Plata existe una regla no escrita que todos respetan: jamás mencionar al Visitante después del anochecer. Los pescadores que trabajan en los muelles de madrugada conocen bien esta advertencia, transmitida de generación en generación entre familias de estibadores y marineros. Nadie sabe exactamente cuándo comenzó la tradición del silencio, pero los registros informales en las fondas cercanas hablan de avistamientos que se remontan a los años sesenta, cuando el puerto aún bullía de actividad comercial constante. Lo que era una advertencia supersticiosa se convirtió en una obsesión colectiva, un acuerdo tácito que nadie cuestiona.

Los relatos varían según quién los cuente, pero ciertos detalles permanecen inmutables en cada versión. Dicen que emerge de las profundidades cuando la mareas baja más de lo usual, cuando el agua negra del río se retrae y deja al descubierto capas de barro y herrumbre. Algunos afirman haber visto una silueta imposible: demasiado larga para ser un saurrio conocido, con movimientos que violan las leyes de la biología. Otros juran que lo escucharon antes de verlo: un sonido gutural que resuena en el agua, una vibración que se siente en los huesos. Un trabajador portuario, ahora retirado, relató años atrás que presenció cómo desaparecía un bote de pesca completo en cuestión de segundos, sin rastro de escombros. La autoridad local cerró la investigación alegando que fue hundimiento por mal estado de la embarcación, pero los hombres del puerto sabían la verdad. Por eso, desde entonces, los botes más antiguos se mantienen alejados de ciertos sectores durante la noche, sin necesidad de explicaciones verbales.

El precio del silencio

Lo más perturbador no es la existencia de la criatura, sino el comportamiento colectivo que ha generado. Los pescadores evitan hablar de ello incluso entre ellos, comunicándose mediante gestos y miradas furtivas cuando algún desconocido se acerca a los muelles después del crepúsculo. Los niños de familias portuarias aprenden desde pequeños a no hacer preguntas sobre los agujeros en la cronología de la zona, esas décadas nebulosas donde ciertos trabajadores simplemente "desaparecieron" sin que se montara búsqueda alguna. Las autoridades han mantenido una distancia prudente, como si también ellas respetaran un acuerdo ancestral: no investigar demasiado, no nombrar lo innombrable, permitir que el puerto mantenga sus secretos en las aguas negras.

Algunos visitantes ocasionales notan la extraña ausencia de vida nocturna en las proximidades del muelle histórico. Las tabernas cercanas permanecen vacías después de las nueve de la noche, los restaurantes cierran temprano, y los turistas son sutilmente desalentados de pasear por allí cuando oscurece. Los guías turísticos omiten esta sección en sus recorridos, desviándose hacia otras atracciones de la ciudad. Es como si La Plata hubiera tejido cuidadosamente un velo sobre su propio corazón portuario, permitiendo que la criatura habite en paz mientras el resto de la ciudad respira tranquila en la distancia.

Nadie sabe qué pasaría si alguien rompiera el silencio, si alguien nombrara al Visitante en voz alta después del anochecer. Los pescadores del puerto viejo no están dispuestos a averiguarlo. Y tal vez, pensándolo bien, sea lo más sensato que puedan hacer.