En el barrio de Soweto, donde las casas de ladrillo rojo se apiñan entre callejones estrechos y las minibuses amarillas son la arteria del transporte diario, existe un silencio particular después de las once de la noche. Un silencio que durante treinta y seis meses fue interrumpido por algo que los vecinos aprendieron a no nombrar en voz alta. Los tambores comenzaron en invierno de 2019, siempre a las doce en punto, siempre desde algún lugar dentro del laberinto de calles que rodea la avenida Orlando. Ningún vecino podía precisar de dónde provenía el sonido: parecía emanar de todas partes y de ninguna simultáneamente.

Inicialmente, algunos residentes buscaron explicaciones mundanas. Quizá era un grupo de músicos practicando para alguna celebración cultural, o tal vez rituales privados de alguna iglesia pentecostal, de las cuales abundan en la zona. Pero conforme pasaban las semanas, la regularidad metronómica del patrón de los tambores descartaba ambas teorías. Cada noche, durante exactamente cuarenta y siete minutos, el ritmo continuaba: tres golpes lentos, una pausa de cinco segundos, siete golpes rápidos, silencio. La precisión militar del patrón generaba un inquietante efecto hipnótico. Los niños comenzaron a llorar sin razón aparente después de medianoche. Los perros no ladraban; simplemente se acurrucaban, temblando, en las esquinas.

El expediente que nadie completó

En marzo de 2022, un grupo de siete vecinos, encabezados por Thabo Mthembu, un profesor de secundaria de sesenta y dos años, decidió hacer lo que ninguno había intentado antes: seguir el sonido hasta su origen. Se organizaron en turnos, equipados con linternas y teléfonos listos para grabar. Thabo fue quien lideró la búsqueda la primera noche. Lo que encontraron fue un edificio abandonado en la calle Vilakazi, prácticamente invisible desde la avenida principal, escondido detrás de una hilera de casas más nuevas. Las puertas estaban abiertas. Adentro, en el sótano, descubrieron una habitación circular con paredes pintadas de símbolos que ninguno reconoció. Había velas consumidas en patrones geométricos y, en el centro, un tambor de cuero muy antiguo.

Thabo intentó tomar fotografías. Su teléfono se apagó. Los otros seis vecinos que lo acompañaban reportarían después que el sonido de los tambores cambió esa noche: el patrón se aceleró, se volvió frenético, casi furioso. Algo los hizo salir corriendo del sótano. Thabo llegó a la puerta con lo que parecía ser un objeto pequeño en la mano, pero cuando sus compañeros le preguntaron qué era, no respondió. Al día siguiente, él llamó a la puerta de cada una de las seis personas y les pidió, con una voz que sus amigos describieron como "no suya", que nunca más hablaran del ritual, del edificio, ni de lo que habían visto.

Los tambores de Soweto dejaron de sonar exactamente una semana después. Hoy, cuatro años más tarde, Thabo Mthembu sigue viviendo en el barrio. Enseña sus clases normalmente. Pero quienes lo conocen notan que cierra todas las persianas de su casa cuando llega la medianoche. Y cuando alguien menciona casualmente la avenida Vilakazi, sus ojos se desenfoquean, como si mirara a través de esta realidad hacia algo que preferiría no recordar.