El internado Gediminas se alza como una sombra de cemento gris en la calle Paupio, en el bohemio barrio de Užupis, donde los grafitis de artistas locales conviven con mansiones del siglo XIX. Fue construido en 1962 durante la ocupación soviética, cuando Lituania aún estaba bajo el yugo de Moscú. Durante treinta años funcionó como residencia estudiantil, hasta que en 1991, con la independencia, fue abandonado de la noche a la mañana. Desde entonces, sus pasillos vacíos se han convertido en territorio de exploradores urbanos y curiosos que buscan los rastros del pasado soviético. Pero hay un lugar dentro del internado al que casi ninguno llega: el aula 237 del tercer piso, cuya puerta permanece sellada con cadenas oxidadas y una advertencia pintada en ruso que dice simplemente "Не входить" — No entrar.

Los testimonios de quienes frecuentaban el internado en sus últimos años de funcionamiento coinciden en detalles inquietantes. Estudiantes y personal reportaban que el aula 237 emitía sonidos extraños durante la noche: voces superpuestas, como si decenas de personas recitaran lecciones simultáneamente. En invierno, la puerta exudaba una escarcha anómala, mientras que el resto del piso permanecía a temperatura normal. Una maestra que trabajó allí en 1989 contó a un investigador de lo paranormal que intentó entrar al aula una tarde y encontró la puerta bloqueada por una fuerza invisible; cuando logró abrirla unos centímetros, sintió un aire helado que le quemó los pulmones. Nunca volvió a intentarlo. Cuando el internado cerró, las autoridades no abrieron esa puerta para desalojarla. Simplemente la sellaron desde el exterior.

El Misterio Sin Respuesta

Las leyendas urbanas de Vilnius sugieren distintas explicaciones. Algunos dicen que el aula fue sitio de un experimento psicológico secreto durante los años setenta. Otros afirman que allí murió un grupo de estudiantes en circunstancias inexplicables, y que sus cuerpos nunca fueron encontrados. Una versión más oscura sostiene que la sala fue usada como calabozo durante breves períodos, cuando la KGB necesitaba espacios discretos. Lo cierto es que ningún registro oficial existe sobre qué sucedió exactamente en esa habitación, o por qué fue cerrada con tanta urgencia.

En 2019, un colectivo de exploradores urbanos lituanos logró acceder al internado. Su reporte fotográfico, publicado en redes sociales, muestra pasillos cubiertos de libros podridos, escritorios volcados y pizarras aún con ecuaciones matemáticas. Pero ninguna fotografía muestra el interior del aula 237. Cuando intentaron forzar la cadena, dijeron, escucharon un grito agudo proveniente del otro lado, tan real y tan cercano que huyeron sin mirar atrás. Desde entonces, la puerta ha permanecido intacta. Las autoridades municipales de Vilnius no han respondido a solicitudes sobre demolición o investigación del edificio. El internado sigue en pie, lentamente siendo consumido por la vegetación y el tiempo, guardando su secreto en una puerta cerrada en la calle Paupio.