La Casa Karibu se alza en la calle Kalimán, en el corazón del barrio de Oyster Bay, donde los árboles de flamboyán proyectan sombras alargadas sobre las fachadas color crema del Dar es Salaam colonial. Es una construcción de tres pisos, de estilo swahili tardío, con balcones de herrería oxidada que parecen dientes rotos. Durante décadas funcionó como casa de huéspedes de lujo para comerciantes y viajeros; ahora, su reputación es otra. Los locales evitan pasar por ahí después del atardecer, cuando el Dar es Salaam se llena de niebla marina que sube desde el océano Índico y transforma las calles en laberintos grises.

En 1994, el propietario original —un hombre llamado Hassan M'bala— selló la puerta de la habitación 307 con tres capas de cemento. No ofreció explicación alguna a su personal ni a las autoridades que lo interrogaron brevemente. Simplemente cerró la puerta, aplicó mortero con sus propias manos durante una noche entera, y nunca volvió a mencionar el asunto. M'bala murió en 2003, llevándose su silencio a la tumba del cementerio de Banani. La casa cambió de manos tres veces. Cada nuevo propietario consideró romper el muro; ninguno lo hizo. Los trabajadores que intentaban acercarse a la tercera planta reportaban mareos, dolores de cabeza intensos y, en un caso documentado, un desmayo que requirió atención médica. La habitación quedó como estaba: condenada, respirable solo a través de grietas microscópicas.

El expediente sin cierre

Los registros de la policía de Dar es Salaam mencionar desapariciones en 1993 y 1994, aunque ninguna vinculada oficialmente a la casa. Un periodista local que investigó el caso en 2007 encontró referencias vagas a una joven huésped que "partió sin avisar" y cuyos pertenencias nunca fueron reclamadas. El cuaderno de registro de la época mostraba su nombre tachado con tinta roja. Fotos antiguas revelan que la habitación 307 tenía vistas al puerto; era, paradójicamente, una de las más codiciadas. Luego, silencio administrativo. El periodista murió en un accidente de tráfico en la avenida Julius Nyerere antes de publicar sus hallazgos.

El actual propietario, quien compró la propiedad en 2015, afirma no saber nada. Ha considerado derribar la pared "por curiosidad histórica", pero sus contadores le aconsejan contra ello. El seguro de la casa estipula explícitamente que cualquier daño estructural en el tercer piso anula la cobertura. Los huéspedes que se alojan en las habitaciones adyacentes reportan ruidos metálicos, como si algo pesado se arrastrara en la oscuridad. Una turista sueca documentó, en 2019, una mancha de humedad que adoptaba formas vagamente humanoides en la pared compartida. Subió la foto a redes sociales. Fue eliminada dentro de horas. Ella no regresó para reclamar su depósito.

Hoy, la Casa Karibu funciona a media capacidad. Los turistas que consultan en línea leen advertencias cifradas en reseñas: "Evitar el tercer piso", "Sonidos extraños por las noches", "Atmósfera opresiva". La calle Kalimán sigue siendo parte de los circuitos turísticos de Oyster Bay, pero los autobuses nunca se detienen allí. Al anochecer, cuando los vendedores de té cierran sus puestos y el Dar es Salaam se sumerge en una quietud pegajosa, la Casa Karibu permanece iluminada por luces amarillas que apenas rasgan la bruma. Nadie ha abierto la habitación 307. Quizá, algunos secretos están sellados con cemento por una razón que ninguno de nosotros querría conocer.