En la madrugada del 14 de octubre de 1994, Ferenc Molnár montaba su bicicleta de paseo por las calles de Budapest, regresando de una reunión tardía en el distrito VIII. Era un hábito nocturno que había practicado durante años: evitar el tranvía número 4, que se detenía frecuentemente, y pedalear en su lugar a través de los túneles y callejones de la ciudad que conocía de memoria. Esa noche, como tantas otras, decidió atravesar el túnel de Rákóczi, un pasaje subterráneo de apenas dos cuadras que conecta la avenida Rákóczi con la calle Práter, bajo la estación de ferrocarril Keleti. Era un atajo que le ahorraba quince minutos de viaje.
Lo que sucedió en las siguientes tres horas permanece inexplicado. El hermano de Ferenc, Péter, lo esperaba en el apartamento compartido cerca del parque Városliget. Cuando su hermano no llegó a las 23:30, Péter no se preocupó demasiado; Ferenc a veces se detenía en cafés nocturnos. Pero cuando pasaron las horas sin noticias, Péter recorrió el túnel de Rákóczi buscándolo. Lo que encontró fue perturbador: la bicicleta de Ferenc estaba apoyada contra la pared del túnel, exactamente en el punto medio entre ambas salidas. La cadena seguía enganchada al pedal. No había marcas de arrastre, no había sangre, no había signos de violencia. Ferenc simplemente había desaparecido.
La investigación policial de Budapest fue exhaustiva pero infructuosa. Se interrogó a trabajadores nocturnos de las plantas de tratamiento de agua cercanas. Se revisaron los archivos de los trenes que pasaban bajo tierra a esa hora. Se consultó a vagabundos que dormían en los pasos subterráneos aledaños. Ninguno había visto u oído nada fuera de lo común. La bicicleta —una Csepel roja, modelo típico de la época— fue analizada en busca de fibras, huellas dactilares o químicos extraños. Los resultados fueron tan mundanos como perturbadores: solo las huellas de Ferenc, polvo urbano, partículas de calcio del cemento del túnel. Nada que explicara su volatilización.
El túnel que se traga ciclistas
Lo que pocos saben es que Ferenc no fue el único. Entre 1987 y 2001, al menos tres ciclistas más reportaron haber vivido experiencias extrañas en ese mismo túnel: desorientación severa, pérdida de tiempo (alegaban haber pedaleado durante minutos pero emergían después de una hora), y una sensación persistente de ser observados. Dos de ellos abandonaron sus bicicletas y salieron corriendo. El tercero completó el cruce pero informó que su reloj se había detenido exactamente durante el trayecto, algo que no volvió a funcionar correctamente. Desde entonces, el túnel de Rákóczi ha ganado una reputación sombría entre los ciclistas de Budapest. Muchos prefieren los tranvías o las calles de superficie, incluso en invierno.
La bicicleta Csepel roja de Ferenc permanece archivada en la central de policía de Budapest, custodia de un misterio que los archivos oficiales clasifican como "desaparición voluntaria no resuelta". Pero en las noches húmedas de otoño, cuando los ciclistas nocturnos aún se atreven a cruzar el túnel de Rákóczi, algunos juran haber visto, reflejada brevemente en los charcos del piso de cemento, la silueta de un hombre pedaleando en dirección contraria. Una silueta que desaparece al parpadear.