Mehmet Kaya tenía 34 años y llevaba siete trabajando como repartidor nocturno para una plataforma de delivery que operaba en toda Estambul. Su ruta habitual lo llevaba desde el depósito central en Taksim hasta los barrios residenciales del lado asiático, cruzando el Puente del Bósforo entre las 22:00 y las 6:00 de la mañana. Era un trabajo solitario pero rutinario: entregas a departamentos, restaurantes que cerraban tarde, oficinas con guardias nocturnos. Nadie esperaba lo que sucedería la noche del 17 de octubre de 2019.
Esa madrugada, Kaya recibió un pedido programado hacia las 3:47 de la mañana en dirección a Üsküdar, un barrio histórico en la costa asiática del Bósforo. El destinatario registrado era un apartamento en la calle Mübarek, una vía estrecha que trepa entre construcciones antiguas y más recientes, donde los faroles públicos suelen fallar sin aviso. El repartidor confirmó la aceptación del pedido en el sistema y, según los registros de GPS de su moto, se dirigió hacia allá. Pero nunca llegó al destino. Tampoco regresó al depósito. A las 6:30, cuando no se presentó en el cierre de turno, sus supervisores intentaron comunicarse. El teléfono sonaba sin respuesta.
El hallazgo vacío
La búsqueda inicial fue lenta. En Estambul desaparecen personas cada semana en una ciudad de 15 millones de habitantes; un repartidor más parecía apenas un número estadístico. Pero la familia de Kaya insistió. Contactaron a la policía, visitaron la comisaría de Üsküdar, presentaron denuncias. Los datos del GPS mostraban que la moto había estado activa hasta las 4:12 de la mañana, en una zona residencial cercana al paseo costero. Luego, nada. El dispositivo se apagó o fue apagado.
Tres semanas después, una patrulla municipal encontró la moto abandonada en un callejón sin salida detrás del cementerio histórico de Üsküdar, a solo 400 metros de donde se perdió la señal GPS. El vehículo estaba intacto: llaves en el contacto, capazo de entregas aún atado al manillar pero vacío, el pedido del cliente desaparecido también. No había señales de violencia, sin sangre en el asiento ni en las cercanías. Era como si Kaya hubiera simplemente bajado, dejado la moto funcionando, y se hubiera esfumado en las sombras de las calles antiguas de Üsküdar.
La investigación oficial concluyó sin conclusiones: ningún crimen demostrado, ningún cuerpo, ningún motivo evidente. Los inspectores sugirieron deserción laboral voluntaria, aunque la familia rechazaba esa hipótesis. El apartamento en la calle Mübarek nunca existió; la dirección era un comercio cerrado desde hacía años. Nadie sabe quién hizo el pedido, qué se transportaba realmente, ni por qué fue dirigido a un lugar fantasma. La última foto de Mehmet Kaya circuló en grupos de repartidores de toda Estambul durante meses: un hombre anónimo, uniforme oscuro, casco negro. Alguien que simplemente desapareció entre la medianoche y el amanecer, tragado por las capas de una ciudad que guarda sus secretos en los callejones sin salida.