El Puente de Qolsaroi cruza el río Chirchik en el distrito de Chilanzar, a las afueras de Taskent, conectando dos zonas residenciales que durante el día bullén de vida cotidiana. Sin embargo, después de medianoche, ese paso de hormigón grisáceo se convierte en un espacio que ningún conductor de marshrutka —los minibuses compartidos que son la circulación sanguínea de la ciudad— acepta cruzar voluntariamente. Ni siquiera los más experimentados, aquellos que conocen cada grieta de las calles de Chilanzar desde hace veinte años.
La leyenda comenzó en 1993, cuando un ingeniero eléctrico llamado Mirza desapareció mientras cruzaba el puente a las 2:47 de la madrugada. Su bolsa de herramientas fue encontrada en el centro del arco, sus lentes rotos junto a ella, pero su cuerpo nunca apareció. En los meses siguientes, otros desaparecidos. Una estudiante de la Universidad Estatal de Uzbekistán. Un repartidor nocturno. Un anciano que según su familia "simplemente quería caminar un poco antes de dormir". Lo que tienen en común: todos cruzaban después de medianoche, todos desaparecían en el tramo central del puente, donde las farolas parpadean constantemente sin razón aparente, según los reportes de mantenimiento que nunca logran "arreglarlo de verdad".
Los testimonios de quienes afirman haber visto algo hablan de figuras altas, sin rasgos faciales distinguibles, que se materializan entre los pilares cuando la niebla sube del río Chirchik. Una mujer que trabajaba en el turno nocturno de la tienda de ropa en la avenida Mirabad juró que una vez presenció a una de estas entidades caminar hacia atrás, con pasos imposibles, sus extremidades doblándose en ángulos que desafiaban la anatomía humana. Los taxistas locales tienen un protocolo no escrito: si un pasajero insiste en cruzar Qolsaroi después de las once de la noche, el viaje se cancela. "No es dinero, hermano. Hay cosas que el dinero no compra de vuelta", dice Karim, un conductor con treinta años de experiencia, mientras señala una fotografía borrosa pegada en su retrovisor: un pasamanos del puente, y lo que podría ser una mano, pero no completamente.
Las autoridades municipales niegan cualquier conexión entre los desaparecidos y el puente. Hablan de migración, de historias exageradas, de supersticiones que persisten en la memoria colectiva. Pero el número de desapariciones en el perímetro de Qolsaroi sigue siendo desproporcionadamente alto según estadísticas independientes. Y los vecinos, especialmente los ancianos del barrio, evitan el tema. Cuando se les pregunta directamente, simplemente dicen: "Después de medianoche, el puente no es nuestro. Ya no lo es". Algunos murmuran sobre un pacto antiguo, sobre algo que vivía bajo el agua antes de que el puente se construyera. Otros prefieren no hablar en absoluto, como si las palabras pudieran atraer atención de aquello que merodea en la niebla del Chirchik.
El Puente de Qolsaroi sigue allí, gris y funcional durante el día. Pero cuando el reloj marca medianoche en Taskent, cuando la ciudad se vuelve más silenciosa y las luces de Chilanzar se reflejan débilmente en el agua negra, los locales dan un rodeo. Hay otras rutas, al fin y al cabo. Más largas, sí. Pero que no te llevén al lugar donde nadie regresa igual.