El 14 de noviembre de 1987, obreros que excavaban los cimientos para una ampliación de las líneas ferroviarias del Tünel —ese funicular histórico que conecta Beyoğlu con Karaköy desde 1875— descubrieron algo que los obligó a detener inmediatamente los trabajos. A tres metros de profundidad, envuelto en lo que parecía ser tela medieval podrida, yacía un esqueleto casi íntegro. Lo que debería haber sido un hallazgo arqueológico rutinario se convirtió en un enigma que aún hoy desconcierta a historiadores y criminólogos.

El cuerpo presentaba signos de una antigüedad considerable: la descomposición avanzada, los huesos descalcificados, la presencia de sedimento marino en las cavidades óseas. Los patólogos forenses dataron los restos en aproximadamente 400 años atrás, posiblemente entre finales del siglo XVI y principios del XVII, durante el apogeo del Imperio Otomano. Las ropas desintegradas encontradas junto al difunto coincidían con vestiduras de mercaderes de esa época. Todo señalaba un entierro clandestino, quizá de alguien que había ofendido a las autoridades imperiales. Sin embargo, replegado en lo que había sido la mano derecha del cadáver, los arqueólogos hallaron un objeto que no debería existir allí: un reloj de bolsillo digital con pantalla de cristal líquido, mecanismo de cuarzo japonés, y una pequeña inscripción en la tapa trasera que rezaba "Seiko, Made in Japan, 1972".

La Paradoja del Tiempo

Las hipótesis se multiplicaron. La más optimista sugería que se trataba de una broma macabra: alguien habría introducido el reloj en el ataúd décadas después del entierro, durante trabajos de mantenimiento anteriores de las líneas. Pero las excavaciones cuidadosas no revelaron ningún punto de entrada reciente en la bóveda. La tierra y las capas geológicas circundantes permanecían intactas, selladas por siglos de acumulación de sedimentos y escombros. Algunos investigadores propusieron que el reloj había sido arrastrado hasta la tumba por las inundaciones subterráneas que periódicamente afectan a Estambul, pero las corrientes bajo la ciudad corren hacia el Cuerno de Oro, no hacia las profundidades de aquellas catacumbas olvidadas.

Los reportes oficiales fueron archivados discretamente. Las autoridades turcas nunca permitieron un acceso público completo a los hallazgos, y el reloj desapareció de los registros arqueológicos después de 1989. Algunos susurran que fue enviado a laboratorios clasificados en Ankara. Otros, que aún descansa en las bóvedas del Museo Arqueológico de Estambul, bajo candado, esperando una explicación que nadie se atreve a dar. Los obreros que encontraron el cuerpo fueron transferidos a otros proyectos. Uno de ellos, antes de morir en 2003, reveló a un periódico local que el reloj aún marcaba la hora correcta cuando fue hallado, aunque llevaba desconectado de cualquier fuente de energía durante cuatro siglos.

En las catacumbas bajo Karaköy, dicen que en noches sin luna, los guardias de seguridad de las líneas ferroviarias escuchan el tictictico de un reloj que no existe en sus mapas. Un sonido que parece venir desde las grietas de la roca más antigua, como si el tiempo mismo estuviera roto en ese lugar particular de la ciudad.