Durante más de una década, conductores de remise y taxistas del sur porteño han reportado encuentros con un vehículo que desafía toda lógica. Se trata de un taxi amarillo de los años noventa, modelo Renault 12, que aparece en las avenidas cercanas al Parque Lezama alrededor de las tres de la madrugada. Quienes lo han visto insisten en los mismos detalles: el auto está impecablemente limpio, su tapizado interior es de un color burdeos desteñido, y el conductor jamás pronuncia palabra. Lo inquietante no es su apariencia, sino lo que sucede después.

Los relatos de pasajeros que tomaron ese taxi coinciden en aspectos perturbadores. Todos juran haber subido voluntariamente, con destinos precisos en sus mentes: una casa en San Telmo, un departamento en La Boca, un comercio cerrado en Constitución. Sin embargo, ninguno llegó a su destino. El recorrido duraba horas, aunque en el taxímetro apenas pasaban los minutos. Las calles de Buenos Aires se transformaban en un laberinto imposible: la avenida Almirante Brown se prolongaba indefinidamente, la calle Defensa se bifurcaba en caminos que no existían en los mapas, y los semáforos permanecían en rojo de manera permanente. Cuando los pasajeros finalmente pedían bajar, el conductor se detenía sin previo aviso. Al abrir la puerta, descubrían que estaban nuevamente en el punto de partida.

El misterio del dinero

Lo más desconcertante es que jamás nadie ha pagado la carrera. Los pasajeros buscan en sus bolsillos billetes que desaparecen, tarjetas que no funcionan, o simplemente olvidan la transacción completa. Algunos refieren haber dormido durante el viaje y despertado sin memoria clara de lo sucedido. El conductor nunca pide pago. Simplemente abre la puerta lateral con un movimiento mecánico, como si esperara que bajaran. Y cuando lo hacen, el taxi desaparece en cuestión de segundos, sin sonido de motor, sin luces traseras que se desvanezcan en la oscuridad. Se desvanece.

Un transportista de la zona documentó en su diario personal los detalles de su encuentro: "Subí en Acoyte y Donato Álvarez. El taxista no respondía, solo miraba al frente. El reloj marcaba las 3:17. Cuando bajé, volvía a marcar las 3:19. Habían pasado tres horas." Otros testimonios hablan de pasajeros que aparecieron kilómetros más allá de donde descendieron, sin explicación de cómo llegaron allí. Una mujer desapareció durante dos días después de tomar ese taxi; cuando la encontraron deambulando en las calles de Constitución, no recordaba nada más que fragmentos: el olor a humedad y óxido, la sensación de movimiento circular, una voz susurrando números.

Las autoridades de transporte niegan la existencia de tal vehículo. No hay denuncias formales, no hay actas de infracción, no hay registro alguno. Sin embargo, en los bares de Barracas y en los grupos de WhatsApp de chóferes, el mito persiste. Cada madrugada, alguien avista el taxi amarillo. Y cada madrugada, alguien comete el error de subirlo. El dinero nunca cambia de manos. Los pasajeros siempre regresan. Y el taxi sigue buscando, noches tras noche, en las arterias oscuras del sur porteño.