El Hotel Metropol se alza en la calle Ģertrūdes desde 1899, testigo mudo de ocupaciones, revoluciones y reconstrucciones. Su fachada de ladrillo rojo y ornamentación característica representa el apogeo del Art Nouveau rigense, ese movimiento arquitectónico que convierte toda una manzana en galería de piedra y madera tallada. Pero si preguntás a los recepcionistas antiguos, a los conserjes jubilados que tomaban café en los cafés cercanos del barrio Vecriga, todos mencionan lo mismo con un encogimiento de hombros incómodo: la habitación 237B nunca estuvo en los planos originales.

La primera referencia documentada data de 1967, cuando un periodista de un diario local entregó una nota incompleta sobre su estadía. El texto —encontrado años después en archivos municipales— describía pasillos que se alargaban imposiblemente, ventanas que daban a una Riga de hace cien años, y una cerradura de bronce tan fría que quemaba. La habitación aparecía en el tercer piso, entre la 236 y la 238, en un espacio que según los planos arquitectónicos no debería existir. Cuando los administradores del hotel intentaron investigar, descubrieron algo perturbador: cada plano, cada proyecto de reforma, cada esquema de distribución de habitaciones que consultaron mostraba una inconsistencia en esa zona. Como si alguien hubiera editado la realidad misma.

El Protocolo del Silencio

En los últimos cincuenta años, aproximadamente treinta y dos personas afirman haber ocupado la habitación 237B. Sus historias comparten detalles inquietantes: todos reportan la misma sensación de desorientación espacial, un reloj de pared que corre hacia atrás, y un sonido persistente como de tranvía eléctrico —los antiguos dzelzceļš que circulaban por Riga— aunque ninguna vía pasaba por ese piso. Un viajero de negocios noruego documentó en su blog personal que pasó dos noches allí pero juraba haber transcurrido una semana. Su familia confirmó sus registros de viaje: cuarenta y ocho horas exactas. Luego eliminó toda mención del hotel de internet.

El personal del Metropol mantiene un protocolo no escrito pero férreo: si alguien solicita específicamente la habitación 237B, se le niega educadamente la reserva. Si alguien llama preguntando por ella, se dice que no existe. Los registros nunca la mencionan. En 2003, durante una renovación estructural del tercer piso, los contratistas encontraron una puerta adicional en la pared, sellada con argamasa. Cuando pidieron permiso para abrirla, la dirección del hotel se negó categóricamente. Hoy, esa puerta sigue ahí, imperceptible a menos que sepas dónde mirar, entre la moldura de madera que caracteriza los interiores Art Nouveau de la época.

¿Existe realmente la habitación 237B? Los arquitectos dirían que no. Los planos lo certifican. Pero en Riga, en ese barrio donde cada edificio respira historia a través de sus fachadas art déco, donde los adoquines han sido testigos de más de un siglo de secretos, el Hotel Metropol guarda celosamente la puerta a un espacio que la ciudad prefiere olvidar. Y cada tanto, un huésped avezado logra colarse en la tercera planta y jura haber visto una cerradura de bronce, antigua, imposible. Algunos dicen que desde ella se oye el sonido de un tranvía que desapareció hace ochenta años.