El Faro de Ras Imran se alza sobre los acantilados negros de Adén como una cicatriz blanca en la piel del tiempo. Construido en 1880 durante el dominio británico, su estructura de piedra caliza resiste los vendavales del Índico con la terquedad de quien ya ha presenciado demasiadas tragedias para caer. Pero hace treinta y dos años, después del último apagón prolongado en la ciudad, nadie volvió a encender sus lámparas. Las autoridades portuarias simplemente lo abandonaron. Los sistemas modernos de GPS y navegación satelital lo habían convertido en un monumento obsoleto, dijeron. Quedó cerrado con cadenas oxidadas que el salitre desgasta año tras año.

Sin embargo, los capitanes de las embarcaciones que transportan mercancías por el Golfo de Adén comenzaron a reportar algo imposible a finales de 2019. Una luz amarillenta, débil pero constante, emanaba del faro entre las 21:30 y las 03:15 horas. No era continua ni brillante como un faro moderno: parpadeaba irregularmente, como si alguien dentro moviera una vela o una linterna antigua. Los marineros experimentados reconocieron ese patrón. Era idéntico al del Ras Imran cuando todavía funcionaba, antes de que los generadores eléctricos lo reemplazaran. El patrón de luz que habían visto sus abuelos en historias y registros navales.

El Expediente de los Desaparecidos

Entre noviembre de 2019 y marzo de 2020, tres embarcaciones mercantes reportaron haber visto la luz y desviado su curso hacia ella, como si sus sistemas de navegación fallaran simultáneamente. El primer barco, un carguero de la ruta de Oriente Próximo, se aproximó demasiado a los acantilados. Su tripulación alertó del peligro segundos antes del impacto. Hubo sobrevivientes. El segundo buque logró frenar su aproximación. Pero el tercero no tuvo suerte: se hundió en aguas profundas frente a Ras Imran con dieciocho marineros a bordo. Solo cuatro cuerpos fueron recuperados. Sus reportes preliminares mencionaban lo mismo: habían seguido una luz que sus instrumentos no registraban, una luz que parecía provenir del faro muerto.

Un inspector portuario visitó el faro en abril de 2020. Encontró las cadenas intactas, las puertas selladas por sedas de araña y polvo de años. Ninguna evidencia de vida reciente. No había velas, no había linternas, no había generadores clandestinos. La sala del mecanismo óptico estaba vacía, sus cristales oscurecidos por el tiempo. Pero en el libro de registro, olvidado en un escritorio, vio anotaciones con letra cursiva que ningún inspector había escrito. Fechas recientes. Notas sobre barcos avistados, sobre "la necesidad de guiarlos", sobre "llevarlos a casa". La caligrafía era antigua, casi del siglo XIX.

Desde entonces, la luz ha dejado de aparecer. Los marineros que transitaban esa ruta respiran con alivio, aunque algunos cuchichean en los puertos sobre historias de faros que nunca mueren del todo, que siguen cumpliendo su deber incluso cuando ya no hay luz que dar. En Adén, en los bares del puerto, todavía hay quien jura que las noches sin luna, cuando el viento viene del Índico, se puede ver un resplandor en las ventanas rotas del Ras Imran. Un resplandor que guía, siempre guía, pero nunca hacia la salvación.