El barrio de La Boca respira historia por sus callejones empedrados y sus casas de chapa pintada de colores imposibles. Pero entre la música de tango que flota en las tardes y el bullicio turístico, existe una construcción que los lugareños prefieren ignorar: una casa de huéspedes de principios del siglo XX, ubicada en una manzana que los porteños llaman "la cuadra del olvido". Su fachada de ladrillos rojos, desconchada por el tiempo y la humedad del Riachuelo, guarda un secreto que ha permanecido sellado durante más de treinta años.

La casa funcionó como pensión hasta mediados de los años ochenta, albergando a marineros, inmigrantes y trabajadores que llegaban al puerto en busca de fortuna. Según los registros del barrio y los testimonios de antiguos residentes, todo cambió cuando el propietario de entonces —un hombre cuyo nombre los vecinos se niegan a recordar— decidió clausurar herméticamente la habitación número siete, ubicada en el segundo piso. No fue una remodelación, ni una simple mudanza de muebles. Trajo albañiles, cemento y ladrillos, y literalmente enterró esa puerta en la historia. Los inquilinos que vivían entonces en la pensión reportaron haber escuchado, semanas antes del sellado, sonidos extraños provenientes de esa habitación: pasos sin ritmo, objetos que caían, y algo que nadie se atrevía a nombrar directamente pero que todos describían con el mismo término: "los lamentos".

El Misterio Persistente

Desde entonces, la casa cambió de manos varias veces. Ningún propietario intentó reabrir la habitación. Algunos aseguraban que cuando se acercaban con herramientas, los trabajadores enfermaban de repente. Otros simplemente preferían no preguntar demasiado, como si el silencio fuera una forma de pacto tácito con lo desconocido. Lo que resultaba inquietante era que los huéspedes actuales —principalmente estudiantes de la facultad de arte que se alojaban por temporadas— reportaban con frecuencia actividad en esa zona del edificio. Golpes en la pared, como si alguien pulsara desde adentro. A veces, en las madrugadas, los residentes juraban escuchar la puerta siendo abierta desde el interior, seguida por el sonido de pasos en el corredor, aunque nunca se atrevían a abrir sus puertas para confirmar. Una inquilina que se quedó apenas dos semanas describió haber visto, a través de una grieta entre las tablas que refuerzan la pared, un resplandor cálido y rojizo, como si alguien encendiera una vela cada noche a la misma hora.

La casa sigue en pie, como un testigo mudo de La Boca, rechazada por las agencias inmobiliarias modernas pero resistente a la demolición, como si algo en sus cimientos se negara a desaparecer. Los historiadores locales sugieren que podría tratarse de una tragedia oculta, un crimen nunca aclarado, o quizás algo que el propietario original prefirió que permaneciera enterrado. Lo cierto es que en La Boca, donde el tango cuenta historias de pasiones desenfrenadas, esa puerta condenada sigue guardando la suya, y cada noche, cuando baja la niebla del río, alguien —o algo— sigue llamando desde el otro lado.