El barrio de Balat, en la orilla europea del Cuerno de Oro, es un laberinto de casas otomanas destartaladas y tiendas de antigüedades que parecen congeladas en el siglo XIX. Fue allí donde el coleccionista Mehmet Aslan descubrió, en 2008, una biblioteca privada abandonada en el sótano de una mansión que había adquirido sin inspeccionar completamente. Lo que encontró no era solo polvo y olvido, sino el primer indicio de algo que desafiaría su razón durante más de una década.
La biblioteca contenía aproximadamente tres mil volúmenes en turco antiguo, árabe y persa, organizados en estantes de caoba que ocupaban toda una cámara subterránea. Los libros trataban temas esotéricos: astrología, alquimia, interpretación de sueños, textos sufíes. Aslan, hombre de negocios metódico y escéptico, decidió catalogarlos. Pasó semanas fotografiando lomos, registrando títulos, creando un sistema de clasificación por épocas y autores. Pero cada mañana, al descender las escaleras de piedra mojada que conducían a la biblioteca, encontraba los libros en un orden distinto al que había dejado la noche anterior.
El Patrón Imposible
No era desorden caótico. Los volúmenes no estaban caídos ni dañados; simplemente ocupaban otras posiciones. Un libro que Aslan había colocado en el estante superior derecho aparecía en el centro, alineado perfectamente. Otros se agrupaban por colores en lugar de por alfabeto. En una ocasión, encontró todos los ejemplares de un autor específico —Ibn Arabi— formando una pirámide en el piso. Aslan consultó con arquitectos, ingenieros, incluso con un parapsicólogo que viajó desde Ankara. Las conclusiones fueron siempre las mismas: no había movimiento de tierra, no había plagas de roedores, no había corrientes de aire anómalas. La temperatura y humedad del sótano se mantenían estables. Las puertas permanecían cerradas cada noche; él mismo las candadeaba.
Durante tres años, Aslan instaló cámaras de vigilancia de infrarrojos. Las grabaciones mostraban la biblioteca vacía y quieta toda la noche, sin embargo, cada amanecer los libros habían migrado. Dejó de intentar catalogarlos. Otros investigadores que visitaron el lugar —historiadores, académicos, curiosos— reportaban la misma experiencia perturbadora: un orden que se desmorona cada veinticuatro horas. Una historiadora de la Universidad Boğaziçi sugirió que quizás los libros buscaban organizarse según un lógica perdida, un sistema de clasificación que pertenecía a quien los había poseído originalmente, alguien cuya obsesión trascendía el tiempo.
Hoy, la biblioteca de Balat permanece cerrada al público, aunque los curiosos todavía pueden ver, a través de las ventanas grilladas del sótano, los estantes en penumbra. Aslan instaló un cartel discreto que dice simplemente: "Propiedad privada. No se permiten visitas." Pero los vecinos del barrio, en los cafés que salpican las calles empedradas cercanas al tranvía T1, siguen hablando en susurros sobre la casa donde los libros danzan solos, buscando un orden que los humanos nunca podremos comprender.