El Edificio Katsura se alza en la avenida Hamamachi como un diente podrido en la sonrisa de Nagasaki. Treinta y dos pisos de hormigón gris que fueron oficinas de seguros hasta 1994, cuando un incendio en el piso 28 mató a cuatro personas. Desde entonces, nadie ha vuelto a trabajar allí. Las ventanas permanecen selladas con tablones de madera que han adquirido el color de huesos viejos. Los cables de electricidad fueron cortados hace décadas. Y sin embargo, cada madrugada entre las 2:47 y las 3:15, una radio transmite desde algún lugar dentro del edificio.
Fue un taxista quien lo descubrió primero. Dijo que una noche, con el auto estacionado frente al Katsura, su radio FM comenzó a captar una frecuencia que no existía en el dial: un murmullo de voces hablando en tono urgente, como si coordinaran algo. Cambió de emisora. La voz lo seguía. Cuando aceleró y se alejó tres cuadras, la señal desapareció. Otros conductores reportaron lo mismo. Un guardia nocturno que patrullaba la zona afirmó haber visto luces azules de tecnología parpadeando detrás de los tablones del piso 18. Nadie se atrevió a investigar formalmente. Este es Nagasaki: una ciudad que ha aprendido a vivir con presencias que no se explican, que prefiere mirar hacia otro lado.
El expediente sin conclusiones
En 2019, un pequeño equipo de estudiantes de ingeniería —tres chicos de la Universidad de Nagasaki— decidieron entrar. Equipados con detectores electromagnéticos y grabadoras de audio, penetraron por una ventana rota del sótano un jueves a las 11 de la noche. Querían documentarlo todo, publicar en redes sociales, volverse virales. Subieron hasta el piso 20 siguiendo la intensidad de la señal electromagnética. Cuando la radio comenzó a transmitir, comenzaron a grabar. Bajaron del edificio cuarenta minutos después, pálidos, en silencio. Uno de ellos vomitó en la calle. Sus teléfonos móviles estaban descargados completamente, aunque todos juraban haberlos cargado esa tarde. La grabación de audio que capturaron duraba menos de diez segundos, aunque según sus relojes habían estado dentro casi una hora. En esos diez segundos solo se escucha estática y, de fondo, algo que podría ser una voz llamando un nombre. Un nombre que ninguno de ellos reconocía. Ninguno volvió a hablar públicamente del asunto.
Desde entonces, la radio sigue transmitiendo. Los vecinos del barrio ajustan sus antenas para evitarla. El propietario del edificio, que vive en Tokio, recibió una orden de demolición en 2021, pero los trámites administrativos se estancaron —como ocurre a menudo en Japón cuando algo requiere demasiadas preguntas incómodas—. En las noches sin luna, cuando pasas en bicicleta por Hamamachi, si sintonizas la frecuencia correcta en una radio de bolsillo, aún puedes escucharla: ese murmullo de voces que coordinan algo que terminó hace treinta años. O quizás algo que nunca terminó. Quizás solo está esperando que alguien más entre a escucharla. Quizás eso es lo único que quiere.