El Teatro Marginal ocupa una esquina desgastada de la Rua da Levada, en el barrio industrial de Marvila, donde los edificios abandonados conviven con talleres de ebanistería y tiendas de antiguallas. Su fachada de azulejos azules —típica de Lisboa— está descascarada, las letras de neón que formaban su nombre se apagaron en 1994, el año que cerró definitivamente sus puertas. Durante cuarenta años fue un templo de la contracultura portuguesa: teatro de vanguardia, cine experimental, conciertos de músicos que después serían leyendas. Luego, sin explicación oficial, simplemente se cerró. Los rumores mencionan deudas, conflictos con la municipalidad, desavenencias entre sus fundadores. Lo que nadie disputa es lo que ocurre cada medianoche dentro de sus muros.

La primera persona en reportar los aplausos fue Matilde Siqueira, una restauradora de vidrio que vivía en el apartamento de enfrente. Corría octubre de 1997, tres años después del cierre. Matilde escuchó primero el zumbido de las luces, un sonido eléctrico que atravesaba las paredes del teatro. Luego vinieron los aplausos: comenzaban suaves, como gotas de lluvia sobre una tela, y crecían en intensidad hasta formar un estruendo casi ensordecedor. Los aplausos duraban exactamente dieciséis minutos. Después, silencio absoluto. Matilde llamó a la policía. Los agentes revisaron el edificio, forzaron cerraduras oxidadas, inspeccionaron la sala vacía bajo haces de linterna. No había nada. Ni gente, ni equipos de sonido, ni explicación racional. Al mes siguiente, volvieron los aplausos. Y desde entonces, cada noche a las doce, sin falta.

El fenómeno persiste

Con los años, el Teatro Marginal se convirtió en una peculiaridad local que los turistas de paso raramente notaban, pero que los habitantes de Marvila aprendieron a tolerar como quien vive bajo las vías del tren. Investigadores paranormales visitaron el lugar en 2003 y 2008, instalaron equipos de grabación que capturaron la "ovación" con total claridad—un sonido que ningún experto en acústica logró replicar artificialmente. Psicólogos especularon con sugestión colectiva, aunque eso no explicaba los registros fonográficos irrefutables. Un periodista del Observador escribió un artículo mordaz sugiriendo un elaborado engaño de vecinos aburridos. Luego, el periodista alquiló un apartamento a dos cuadras y dejó de escribir sobre el tema después de su primera noche.

Hoy, el Teatro Marginal permanece sellado con tablones, su marquesina colapsada, sus ventanas convertidas en bocas negras. La ciudad de Lisboa lo ignoró en sus planes de renovación urbana de la última década. Parece más fácil dejar que siga aplaudiendo en la oscuridad, noche tras noche, como si la función nunca hubiera terminado, como si el público fantástico de aquella sala de vanguardia celebrara una obra que solo ellos pueden ver. Los nuevos residentes de Marvila preguntan al llegar: "¿Es verdad que el teatro aplaude?" Los vecinos antiguos responden siempre lo mismo: "Sí. A las doce. Acostúmbrate." Y señalan hacia la esquina de azulejos descascarados, donde cada medianoche, puntualmente, alguien sigue aplaudiendo.