El internado Jaunais Sapnis —"Nuevo Sueño"— se alza como una cicatriz arquitectónica en el barrio de Ziemeļi, a pocos kilómetros de donde el tranvía número 11 termina su recorrido diario sobre las vías oxidadas que atraviesan Riga. Fue construido en 1962 durante la ocupación soviética, con ese estilo funcionalista de hormigón gris que aún cicatriza el paisaje urbano letón. El edificio fue cerrado abruptamente en marzo de 1989, sin explicación oficial alguna. Lo que encontraron los primeros investigadores privados que se atrevieron a entrar tres décadas después desafía la narrativa oficial: todas las aulas estaban vacías, excepto una. La número 7, en la segunda planta, ala norte. Su puerta había sido sellada con hormigón vertido directamente sobre la madera, y sobre él, grabadas con lo que parecía ser una herramienta afilada, había palabras en letón antiguo que ningún académico moderno se atreve a traducir completamente.

Los reportes de estudiantes que lograron acceder al edificio en los años noventa describen lo mismo: la atmósfera cambia cuando subes a la segunda planta. Las temperaturas bajan entre cinco y diez grados. Los aparatos de medición electromagnética registran anomalías. Pero es el sonido lo que perturba más. A través de la puerta sellada emerge un ruido sordo, rítmico, como si alguien golpeara lentamente desde adentro. No golpes de pánico, sino medidos, espaciados, pacientes. Como alguien que sabe que el tiempo no le pertenece ya.

El expediente olvidado

En 1998, un periodista independiente llamado Mārtiņš A. logró acceder a documentos del archivo estatal letón que hacían referencia a un "incidente pedagógico" ocurrido en el internado durante el invierno de 1987. El archivo no contenía detalles: solo el número de estudiantes involucrados (treinta y cuatro) y la nota de que "la contaminación ambiental del aula 7 requería medidas de contención permanente." Después, nada. Mārtiņš intentó ampliar su investigación durante meses. Luego, una mañana, fue encontrado semiconsciente en las escaleras de su apartamento en el casco antiguo, con amnesia parcial de los últimos cinco años de su vida. Nunca volvió a mencionar el internado.

Entre 2015 y 2017, un grupo de exploradores urbanos de Riga intentó romper la puerta sellada. Exhumaron documentación de sus intentos: fotografías de herramientas rotas, grabaciones de audio donde se oye el martilleo interno acelerándose conforme ellos golpeaban la puerta desde afuera, y notas fragmentadas que hablaban de "voces que no coincidían con la cantidad esperada de personas." El proyecto fue abandonado cuando dos de los participantes reportaron síntomas idénticos: pesadillas recurrentes, pérdida de cabello en parches circulares, y la insistencia obsesiva de que "alguien más estaba en la habitación" durante sus intentos de sueño.

Hoy, el internado Jaunais Sapnis permanece en pie, propiedad de un fideicomiso municipal que declina toda responsabilidad sobre su mantenimiento. El aula 7 sigue cerrada. Los tranvías pasan cerca cada quince minutos, llevando a trabajadores y estudiantes que ignoran completamente que a menos de un kilómetro existe una puerta que pide, silenciosamente, no ser abierta. Algunos misterios de Riga no fueron creados para ser resueltos.