La carretera A7 que sube desde el centro de Kandy hacia las plantaciones de té se retuerce entre la niebla matutina como una serpiente dormida. Es en uno de esos recodos, donde la vegetación devora los muros de ladrillo rojo, donde se alza el Internado Lakshmi. Fundado en 1920 durante el dominio británico, el edificio de tres plantas fue abandonado hace tres décadas tras un suceso que los locales aún se niegan a nombrar directamente. Los guardias de seguridad de las casas vecinas cruzan esa zona sin mirar hacia las ventanas rotas. Los conductores de los tuk-tuks aceleran. Y nadie, en toda la ciudad, se atreve a mencionar el Aula 237.
La expedición que llevamos a cabo en octubre de 2019 comenzó con entrevistas en el mercado de especias del casco antiguo de Kandy. Un vendedor de canela, anciano y reticente, finalmente nos habló. "Hace treinta años, una maestra desapareció allí," dijo, revolviendo su mercancía con un palo de madera. "Encontraron su reloj en el piso. Nada más." Cuando preguntamos qué había sucedido con el aula, respondió: "Fue cerrada. Con cadenas. Luego, cuando intentaron abrirla años después, la puerta no cedió. Como si estuviera soldada desde dentro." No nos dio más detalles. Nadie lo haría.
El internado mismo es una ruina romántica: pasillos donde cuelgan fotografías descoloridas de graduaciones de los años ochenta, aulas con pupitres volcados, una biblioteca cuyo techo se ha derrumbado parcialmente. Pero la puerta del Aula 237 es diferente. Está en el segundo piso, al final de un corredor orientado al sur. La pintura azul de la puerta está intacta, sin polvo, sin moho visible—anomalía inquietante en un edificio consumido por la humedad tropical. Las bisagras están oxidadas, pero no la cerradura. Intentamos abrirla con palancas, herramientas básicas. No se movió ni un milímetro. Es como si la puerta hubiera sido forjada en una sola pieza con el marco.
Lo que hay dentro
Un vigilante local, cuya familia ha cuidado las propiedades aledañas por generaciones, nos confió algo antes de marcharse: "Mi abuelo trabajó aquí cuando ocurrió. Dijo que escuchó gritos esa noche. Cuando entraron al aula la mañana siguiente, estaba vacía. Pero no normal. Las ventanas estaban abiertas, pero nadie podría haber saltado desde allí—quedaría un cuerpo." Señaló el suelo de cemento a unos ocho metros más abajo. "Decidieron sellar la puerta. No para que nada saliera. Para que nadie volviera a mirar dentro." Cuando preguntamos si creía que la maestra seguía allí, solo negó con la cabeza y se alejó.
Hoy, el Aula 237 permanece cerrada. Los planes para convertir el internado en un hotel cultural han sido abandonados tres veces consecutivas. Los arquitectos consultados hablan de "complicaciones estructurales inexplicables." La puerta azul sigue intacta, observando como una pupila dilatada el pasillo vacío. En Kandy, entre el té y la niebla, hay secretos que algunas ciudades simplemente deciden no revelar. Y hay puertas que, una vez cerradas, nunca deberían volver a abrirse.