Sarah Chen, de 34 años, llegó a Bangkok el 15 de marzo de 2019 como tantos otros viajeros occidentales: con una mochila, un itinerario suelto y la ilusión de perderse en los laberintos de Khlong Toei. Se hospedó en el hotel Chakri Palace, un modesto establecimiento de tres plantas ubicado en la Soi 39, apenas a 180 metros de la estación BTS Ari. Era una distancia que podría recorrerse en tres minutos caminando. Nunca llegó a destino. Su desaparición, registrada en los expedientes de la policía tailandesa bajo el código 2019-BKK-4847, permanece sin resolver una década después.

El último registro visual de Sarah fue capturado por la cámara de seguridad del hotel a las 19:47 horas. La grabación muestra a una mujer de cabello oscuro, vistiendo una camiseta blanca y pantalones cortos azules, saliendo por la puerta principal con una pequeña mochila de día. Según su diario de viaje, que fue recuperado días después en su habitación, tenía intención de visitar el Night Bazaar de Chatuchak antes de cenar cerca de la estación. Pero entre ese punto de partida y la estación de BTS, Sarah Chen desapareció. Las cámaras de seguridad instaladas en los comercios aledaños y en el andén de la estación jamás registraron su presencia. Es como si se hubiera evaporado en el aire húmedo de la noche tailandesa.

El Callejón Que No Aparece en los Mapas

Investigadores posteriores descubrieron algo inquietante: entre el hotel Chakri Palace y la estación de BTS existe una pequeña red de sois y pasajes que no figuran de manera clara en los mapas digitales oficiales. Durante décadas, esa zona fue terreno de vendedores ambulantes, residencias informales y pequeños negocios de dudosa reputación. Un funcionario de la policía de Bangkok, quien pidió anonimato, sugirió que Sarah pudo haberse extraviado en esos callejones durante la noche, pero su explicación careció de solidez: ¿por qué ninguna persona la vio? ¿Por qué no activó su teléfono móvil para pedir ayuda? Su celular fue hallado en la habitación del hotel junto a su pasaporte y dinero.

Los familiares de Sarah iniciaron una campaña internacional de búsqueda que se prolongó durante meses. Se repartieron carteles en los mercados nocturnos, se publicaron en grupos de viajeros en redes sociales, se contactó a embajadas. Nada. El único hallazgo relevante ocurrió tres semanas después, cuando un trabajador de limpieza encontró una pulsera de tela roja con caracteres tailandeses en un contenedor de basura cercano a la Soi 39. La pulsera coincidía con una que aparecía en una fotografía de Sarah tomada en su primer día en la ciudad. Pero ¿cómo llegó allí? ¿La perdió voluntariamente o fue plantada por alguien que deseaba jugar con la angustia?

Hoy, el caso de Sarah Chen sigue archivado sin cierre. Su foto amarillenta cuelga en tableros de algunos hostales de mochileros, compartida entre historias de advertencia. Los residentes locales evitan hablar del tema. Algunos turistas que frecuentan la Soi 39 reportan, casi en susurros, haber escuchado voces de mujer en esos callejones después de la medianoche, llamando por ayuda en inglés. Pero Bangkok es una ciudad de ocho millones de voces. ¿Quién puede estar seguro de lo que realmente escuchó?