Los conductores de taxi en Tokio son hombres de pocas palabras, pero hay un tema que los une en un silencio incómodo: la bestia de Shibuya. No aparece en los reportes policiales. No hay fotos verificadas. Pero entre las 2 y las 4 de la madrugada, cuando los neones del distrito se apagan y las calles peatonales quedan desiertas, los taxistas encienden la radio para avisar a sus colegas. Un código simple: "Zona roja esta noche." Todos entienden. Todos evitan.
Según los relatos que circulan en los pasillos de las gasolineras de Minato Ward, la criatura tiene una forma difícil de precisar. Algunos hablan de una silueta humanoide pero desproporcionada, con extremidades demasiado largas. Otros aseguran que su rasgo más distintivo son los colmillos —enormes, amarillentos, visibles incluso en la oscuridad—, que sobresalen de una boca que parece nunca cerrarse completamente. Un taxista retirado, Yamamoto-san, quien condujo por Shibuya durante treinta años antes de jubilarse, recordaba con los ojos vidriosos el único encuentro que admitió presenciar: "Estaba en la esquina de la Avenida Meiji, cerca de la Estación. Veía a alguien parado bajo la lluvia. Pensé que era un cliente. Cuando se giró..." Nunca terminó la frase. Solo negó con la cabeza.
El expediente sin registro
Los registros oficiales de la Policía Metropolitana de Tokio no mencionan avistamientos de criaturas anómalas en Shibuya. Sin embargo, hay un patrón curioso en los reportes de desapariciones y accidentes automovilísticos nocturnos en el distrito que data de hace más de una década. Algunos taxis han sido encontrados con sus interiores destrozados, los asientos rasguñados con marcas que no coinciden con objetos conocidos. Otros simplemente dejan de reportarse a sus centrales, y cuando se encuentran, están vacíos. Los conductores están vivos, pero no recuerdan nada después de recoger un pasajero silencioso en la calle Omotesandō.
Lo más perturbador es lo que dicen los repartidores de comida de madrugada, que usan bicicletas eléctricas y recorren Shibuya en horarios que los taxistas evitan. Hablan de ver a la criatura deambulando, no atacando, simplemente caminando entre los edificios vacíos como si buscara algo. Una noche, un repartidor joven fue lo suficientemente valiente como para acercarse. Fue encontrado horas después en un tejado, confundido, con rasguños en los brazos que formaban patrones demasiado regulares para ser accidentales. Cuando le preguntaron qué había visto, solo susurró: "Los dientes. Dios, los dientes."
Hoy, si tomas un taxi en Shibuya después de medianoche, algunos conductores aún aceptarán pasajeros. Pero observe con atención: notará cómo cierran los seguros del auto apenas sube, cómo sus ojos constantemente revisan los espejos retrovisores, cómo sus manos tiemblan ligeramente en el volante. Hay un acuerdo tácito entre ellos: nunca recojas a alguien que esté completamente inmóvil bajo la lluvia. Nunca recojas a alguien cuya boca no se cierre del todo.