El Puerto Viejo de Valparaíso tiene el aspecto de un lugar donde los secretos se oxidan como el hierro de los amarres antiguos. Las casas de colores pastel se desmoronan lentamente sobre los acantilados, y las escaleras de madera que descienden hacia el agua son tan empinadas que parecen diseñadas para desalentar a los curiosos. Es en las noches de luna nueva, cuando las mareas bajan más de lo normal, que los pescadores de la zona —aquellos que aún usan los botes de madera heredados de sus abuelos— cierran sus puertas y apagan las luces de sus casuchas cercanas al muelle Prat.

Nadie habla de ello directamente. Los periodistas locales que alguna vez intentaron investigar el tema fueron desalentados con miradas silenciosas en las cantinas, con puertas que se cerraban sin respuesta, con el rumor susurrado de "no preguntes eso aquí". Lo que sí se sabe es que entre 1987 y 1994, desaparecieron siete pescadores durante mareas bajas nocturnas. Las autoridades concluyeron accidentes. Los familiares, al menos los que aún viven en la ciudad, saben mejor. Saben que ninguno de los cuerpos fue encontrado en las playas vecinas, pese a las corrientes predecibles. Saben que las redes de dos de los desaparecidos fueron halladas rasgadas desde el interior, con patrones de desgarro que ningún pez conocido podría causar.

El Testimonio del Silencio

En 2003, un buzo de mantenimiento de los diques fue hospitalizado tras una inmersión rutinaria. Sufrió hipotermia severa aunque el agua estaba en temperatura normal, y un pánico tal que tardó tres semanas en poder hablar coherentemente. Cuando finalmente lo hizo, pidió ser trasladado a Santiago. En su expediente médico, un único párrafo garabateado por una enfermera: "Refiere haber visto 'forma grande, articulada, con muchas partes'. Insiste en que no era ballena ni calamar. Solicita no regresar a Valparaíso." El buzo murió en 2015, en la capital, sin haber vuelto a la costa.

Los pescadores tienen nombres para ello, pero se rehúsan a pronunciarlos en voz alta, como si nombrarlo fuera una invitación. Algunos visitantes ocasionales han escuchado fragmentos: "el Testigo", "lo que espera", "lo que come las mareas". Una antropóloga que pasó dos meses en el sector documentó que las familias dejan ofrendas ocasionales en los pilares del muelle Prat durante las noches de marea baja: pescado seco, botellas de vino tinto, velas que el viento marino apaga invariablemente. Cuando le preguntó directamente a una mujer mayor por qué lo hacían, recibió solo una respuesta: "Para que sepa que lo recordamos. Para que no suba más."

Hoy, el Puerto Viejo de Valparaíso es un lugar de turismo controlado, de tiendas de recuerdos y galerías de arte en las casas restauradas. Los cruceros atracan a distancia, y los visitantes nunca descienden al agua después del atardecer. Los pescadores que quedan son pocos, envejecidos, cada vez más silenciosos. Pero en las noches de marea baja, cuando el agua retrocede y deja expuestas cavernas oscuras bajo los acantilados, todavía encienden sus velas. Y todavía, inexplicablemente, algo grande se mueve en la oscuridad, esperando, como siempre, el próximo recuerdo.