Los sótanos del edificio de la Préfecture de Police en Rabat guardan más secretos de los que sus paredes de piedra caliza admitirían jamás. Fue allí, en octubre de 1994, donde un agente administrativo de mediana edad llamado Samir Ben Khalil documentó meticulosamente el caso de Malika Rouani, una comerciante textil que desapareció del barrio histórico del Mellah sin dejar un solo testigo. Los informes iniciales eran exhaustivos: entrevistas con familiares, análisis de movimientos bancarios, fotografías en blanco y negro del último sitio donde fue vista, una pequeña tienda de kaftanes bordados cerca de la Rue des Consuls. Durante dieciocho meses, el caso permaneció abierto. Luego, abruptamente, fue cerrado con una clasificación de "desaparición voluntaria".

Lo extraordinario no es el cierre, sino su desaparición posterior. En 1997, cuando un colega de Ben Khalil intentó recuperar el expediente 47-B para responder una consulta de la familia Rouani, el archivo había volatilizado. No una fotocopia extraviada, sino la carpeta íntegra: reportes de campo, fotografías, correspondencia interna, análisis forense preliminar. Los registros de salida del archivo nunca fueron cumplimentados. Los cuadernos de inventario mostraban que el expediente nunca había sido solicitado formalmente. Era como si la investigación entera nunca hubiera existido, excepto por el hecho de que Ben Khalil había guardado copias de algunas páginas en su casa, que conservó en silencio durante años.

El fantasma de los tranvías de Rabat

En 2003, cuando Ben Khalil se acercó a la jubilación anticipada, reveló las copias a un periodista local. El caso resurgió brevemente en la prensa, alimentado por preguntas incómodas: ¿por qué se había borrado el expediente? ¿Quién tenía acceso a los sótanos después de las 18:00, cuando los registradores se iban? Los reportes mencionaban que Malika había sido vista por última vez cerca de la parada del antiguo tranvía de Rabat, ese sistema de transporte que funcionó hasta 1960 y cuyas estaciones abandonadas aún salpicaban las calles del barrio antiguo como dientes faltantes. Algunos susurraban que había entrado en uno de esos túneles olvidados. Otros hablaban de conexiones con funcionarios de alto rango. La conversación fue sofocada rápidamente.

Hoy, el caso de Malika Rouani permanece en un limbo legal y archivístico. La familia nunca obtuvo respuestas. El expediente 47-B nunca fue recuperado. Ben Khalil falleció en 2015 sin revelar más detalles sobre qué contenían exactamente las páginas que guardó, ni por qué alguien habría querido que desapareciera tan completamente. Lo que queda es la pregunta que cuelga sobre los sótanos de la Préfecture como el eco en un túnel cerrado hace sesenta años: ¿qué merece ser olvidado tan profundamente que debe borrarse también de la historia escrita?