A las 22:47 del jueves 14 de marzo de 2019, las luces de Riga se apagaron. No fue un corte parcial ni un fallo localizado: toda la capital letona quedó envuelta en una oscuridad casi absoluta durante 4 horas y 23 minutos. Los generadores de emergencia fallaron simultáneamente en hospitales, comisarías y estaciones de bomberos. Las autoridades culparon a una falla en cascada en la subestación de Pļavnieki, al sureste de la ciudad, pero los ingenieros nunca explicaron del todo por qué los sistemas de respaldo no funcionaron. Lo que sí quedó documentado fue algo mucho más inquietante: durante esa noche sin luz, tres personas desaparecieron en diferentes puntos de la ciudad, y ninguna volvió a ser vista.

Jānis Ozoliņš, taxista de 52 años, salió de la estación central en Dzelzceļa iela minutos antes del apagón. Sus últimos movimientos fueron registrados por cámaras que funcionaban con batería de respaldo: lo vieron recoger a un pasajero de género indeterminado en la esquina de Brīvības bulvāris. El taxi nunca llegó a su destino. La policía encontró el vehículo tres días después, vacío y limpio, en un garaje abandonado de Ķengarags. No había sangre, no había signos de lucha. El pasajero nunca fue identificado. Simultáneamente, en el barrio de Vecmīlgaļi, la estudiante universitaria Elizabeta Grīnbauere desapareció de su dormitorio. Sus compañeras de cuarto dijeron que la vieron salir cuando las luces fallaron, pero ella no regresó. La tercera desaparición fue la de Aivars Mačs, guardia de seguridad en un banco del centro, quien simplemente no llegó a su turno matutino del viernes. Su apartamento estaba cerrado por dentro. Su billetera y teléfono seguían sobre la mesita de noche.

El expediente sin cierre

Las investigaciones iniciales asumieron lo obvio: el apagón había facilitado delitos oportunistas. Pero ninguna evidencia lo confirmó. No hubo demandas de rescate, no aparecieron cuerpos, no se registraron movimientos en cuentas bancarias ni uso de documentos. Era como si los tres se hubieran evaporado. Los detectives entrevistaron a más de 400 personas y revisaron cada cámara que funcionó con batería de respaldo. Los videos mostraban la ciudad en caos: gente caminando con velas, coches chocando sin poder ver, ciudadanos curiosos explorando las calles vacías. Pero ninguna imagen capturó a Jānis, Elizabeta ni Aivars después de las 22:47.

La policía cerró el caso oficialmente en 2021, clasificándolo como "desapariciones no vinculadas con sospechas de fallo criminal comprobable". Pero en Riga, especialmente en los bares alrededor de la estación central, los taxistas aún hablan en voz baja sobre esa noche. Algunos aseguran que la oscuridad no fue accidental, que alguien sabía exactamente cuándo caería la luz. Otros susurran que las tres desapariciones no fueron coincidencia, sino que el apagón fue el escenario perfecto para algo planeado. Hasta hoy, cada 14 de marzo, algunos vecinos de Riga revisan dos veces que sus puertas estén cerradas cuando cae la noche.