El edificio Daugava, ubicado en la calle Maskavas iela del barrio histórico de Riga, es una construcción art nouveau de 1924 que ha permanecido en pie durante casi un siglo. Conserva la belleza deteriorada típica de la arquitectura letona: fachadas de estuco con ornamentaciones florales, ventanas con marcos de madera, y un vestíbulo de mármol gris donde el frío parece filtrarse desde las paredes. Pero desde 1987, cuando fue instalado un ascensor soviético de marca Soyuz, existe un fenómeno que los inquilinos no pueden explicar: el aparato nunca se detiene en el séptimo piso.
Marina Ozols, una periodista que investigó el caso en 2003, documentó testimonios de residentes consistentes durante décadas. El ascensor salta del sexto al octavo piso sin importar qué botón presione el pasajero. "No es que no funcione", escribió Marina en su informe, "es que rechaza detenerse allí." Los inquilinos del sexto piso reportaron escuchar pasos sobre sus cabezas durante las noches, pisadas lentas y deliberadas que recorren un espacio que, según los planos oficiales, no debería existir. El superintendent del edificio, un hombre llamado Jānis que trabajaba allí desde 1989, admitió que en los planos arquitectónicos originales sí aparecía un séptimo piso, pero que "algo cambió" después de la instalación del ascensor. No ofreció más detalles.
La Investigación Silenciosa
En 1991, durante el periodo de independencia de Letonia, un técnico de ascensores intentó forzar una reparación manual del sistema. Según registros incompletos hallados en archivos municipales, el técnico quedó en estado de shock después de acceder al pozo del ascensor. Su reporte oficial fue lacónico: "El séptimo piso existe. No debe ser accedido." Murió tres años después sin volver a hablar del tema. Su familia desapareció de Riga en 1994. Los habitantes más antiguos del edificio susurran que durante aquella semana en que el técnico trabajó en el pozo, el ascensor estuvo detenido. Y cuando reanudó su funcionamiento, volvió a saltarse el séptimo piso, como si hubiera aprendido una lección.
Actualmente, el edificio alberga a 47 familias distribuidas entre los pisos uno al seis y ocho al diez. Nadie solicita alojamiento en el piso superior al sexto, aunque los salarios en Riga son bajos y la vivienda escasea. Los nuevos inquilinos son informados casualmente: "Aquí no tenemos séptimo piso." Como si fuera lo más natural. El ascensor continúa su ciclo diario, subiendo y bajando por la calle Maskavas iela, omitiendo sistemáticamente una planta que los planos dicen que existe, que los residentes escuchan, pero que ninguno ha visto jamás. En las tardes de invierno, cuando la luz de Riga se desvanece antes de las cuatro de la tarde, algunos transeúntes juran ver una luz tenue filtrándose bajo la puerta del séptimo piso, aunque el ascensor insista en que no hay nada allí.