El Terreiro do Paço de Lisboa, aquella vasta plaza portuaria que los lisboetas conocen como el corazón administrativo de la ciudad, albergaba en sus flancos los edificios más antiguos de la burocracia portuguesa. Uno de ellos era la Torre de Correos, una estructura de cinco plantas construida en el siglo XIX con fachada de piedra clara y ventanales que miraban al Tejo. En octubre de 1974, apenas tres meses después de la Revolución de los Claveles que había sacudido el país, un hombre llamado Armando Reis trabajaba como sereno nocturno en ese edificio. Su función era rutinaria: vigilancia, apertura de puertas, registro de visitantes tras el cierre de las oficinas. Nadie imaginaba que su turno de la madrugada del 23 de octubre sería el último.

Armando tenía cincuenta y dos años, viudo, sin hijos, según los registros de personal. Era conocido por su puntualidad obsesiva. Llegaba siempre a las 22:00 horas, firmaba el libro de entrada y realizaba su ronda inicial. Esa noche no fue diferente: fue visto por el portero de día alrededor de las 21:50, mientras preparaba su termo de café en la pequeña sala de empleados del sótano. La Torre de Correos contaba con un sistema antiguo de intercomunicadores conectados por tubería neumática, mecanismo que había sido modernizado apenas años antes. Armando sabía manejarlo. Lo último que registra la documentación oficial es una llamada telefónica que realizó a la comisaría de la Baixa Pombalina alrededor de las 23:15, reportando "todo normal" en el edificio.

La desaparición

A las 6:30 de la mañana del 24 de octubre, cuando el portero de día llegó para abrir las puertas, encontró el escritorio de la entrada intacto. El libro de registro había sido completado hasta las 23:30, con anotaciones en la letra clara de Armando: "Ronda tercer piso — sin novedad" y "Ventanas verificadas — segundo y primero". Pero Armando no estaba en el edificio. No en la sala de empleados, no en el sótano, no en las escaleras de emergencia. Sus efectos personales —el abrigo, el reloj de bolsillo que nunca se quitaba, incluso su cartera con documentación— reposaban ordenadamente sobre el escritorio. Las puertas estaban cerradas desde adentro, según el protocolo nocturno.

La investigación que siguió fue desordenada, como tantas en aquellos años de transición política. No se encontró evidencia de forcejeo ni de robo. Los archivos de correos no habían sido tocados. La Policía de Seguridad Pública descartó rápidamente un crimen convencional. Los periódicos de la época sugirieron fugaz y sin pruebas que quizás Armando había abandonado voluntariamente su empleo, seducido por la promesa de trabajo en las fábricas del norte. Pero ¿por qué dejaría sus documentos? ¿Por qué su cartera? La Torre de Correos continuó funcionando, y con el tiempo el caso fue archivado, olvidado en cajas de papel que ahora descansan en los sótanos del Museu de Lisboa. Hoy, los visitantes que recorren el Terreiro do Paço rara vez voltean hacia el edificio de piedra clara. Y en las noches calladas, cuando el Tejo refleja las luces del barrio de Alfama, algunos trabajadores administrativos todavía juran escuchar pasos en las escaleras del sótano, especialmente después de las 23:00.