La tarde del 14 de noviembre de 2019, alrededor de las 18:45, una pasajera entró en el vagón de la línea roja del Metro de Sofía en la estación Serdika. Lo que ocurrió en los siguientes siete minutos —el tiempo exacto del viaje hasta la estación Gorublyane— nunca fue completamente documentado por la empresa de transporte metropolitano. Los registros de seguridad de ese tramo desaparecieron. O eso dijeron.

Según los testimonios de tres viajeros que compartieron el vagón ese día, una figura encapuchada, cubierta de arriba abajo con una gabardina gris pálida, permaneció de pie cerca de las puertas durante todo el trayecto. Los testigos describían algo inquietante: aunque la figura tenía forma humana, parecía no tener rostro. No había rasgos bajo la capucha, solo una suavidad plana, como si alguien hubiera borrado todo aquello que hace reconocible a una persona. El pasajero desaparecido —un contable de 34 años llamado M.K. en los informes oficiales— se había acercado a esa figura, tal vez confundido, tal vez buscando asiento. Los testigos recordaban haberlo visto extender la mano. Luego, sus zapatos cayeron solos al piso del vagón. M.K. nunca llegó a Gorublyane.

El silencio corporativo

La empresa operadora del Metro de Sofía emitió un comunicado breve tres días después: confirmó la desaparición de un pasajero en una "falla de procedimiento de seguridad" sin especificar detalles. No mencionó la figura sin rostro. No reconoció que los vídeos de ese segmento de la línea roja hubieran sido solicitados por la policía y fueran inutilizables. Un portavoz declaró que "no hay fundamento para reportes de naturaleza paranormal" y cerró la puerta a futuras consultas. Las redes de transporte metropolitano, aparentemente, no alojaban misterios. Solo fallas técnicas.

Lo que la empresa nunca confirmó —pero que circulaba entre el personal del Metro con los años— era que otros trabajadores habían reportado encuentros similares en la línea roja. Un operario de mantenimiento describió haber visto a alguien sin cara caminando por los túneles cercanos a Serdika en 2017. Una controladora de estación mencionó, en conversación privada, haber escuchado pasos donde no debería haberlos. Zapatos cayendo, sin un dueño visible. La empresa nunca investigó. Quizá no quería saber.

Hoy, casi cinco años después, los zapatos de M.K. descansan en una caja de pruebas en la comisaría central de Sofía. Su familia dejó de buscar respuestas hace meses. La línea roja del Metro funciona normalmente, trasladando decenas de miles de personas cada día entre Serdika y Gorublyane. Pero entre los viajeros más antiguos —aquellos que usan el transporte desde hace años— existe una costumbre no escrita: nunca, bajo ninguna circunstancia, acercarse a alguien cuya cara no puedas ver claramente. Y si tus zapatos caen solos, no los recojas. Simplemente, sal del vagón en la próxima estación.