La Rua de São Bento, en el corazón de Oporto, es una de esas arterias de la ciudad Patrimonio que respiran historia en cada adoquín. Los turistas bajan desde la estación de São Bento admirando los azulejos blancos y azules de la fachada, ajenos a lo que sucedió en el número 47, un edificio de cinco pisos con balcones de hierro forjado que databa de 1887. Nadie habla de ello ahora. Pero en la noche del 3 de octubre de 1991, algo ocurrió dentro de esas paredes que ningún ingeniero ha podido explicar completamente.

Gonçalo Veríssimo era un abogado conocido en la ciudad, defensor de casos incómodos contra la administración municipal. Aquella noche cenó solo en su despacho del tercer piso del edificio. Sus empleados lo vieron partir hacia las 21:30 horas. El portero, José Madalena, afirmó en su momento que escuchó un ruido sordo alrededor de las 22:15 —describió un sonido "como si el edificio estuviera partiéndose por la mitad"—, aunque reconoció no haber investigado. Cuando Veríssimo no llegó a una reunión importante a la mañana siguiente, sus socios encontraron su despacho vacío. No había señales de violencia. Su abrigo seguía en el perchero. Su maletín estaba sobre el escritorio, lleno de documentos sobre un caso de corrupción administrativa que jamás se haría público.

La grieta imposible

Lo extraordinario no fue la desaparición de Veríssimo —Lisboa tiene sus misterios y Oporto también—, sino lo que los albañiles descubrieron cuando acudieron a revisar el edificio dos días después, alertados por las quejas de grietas en la fachada. Una fisura perfecta, casi quirúrgica, había dividido la estructura del edificio de norte a sur, atravesando la pared de ladrillos desde el tejado hasta los cimientos. El ingeniero estructural enviado por las autoridades quedó desconcertado: la grieta no mostraba signos de antigüedad. Los bordes de los ladrillos rotos eran limpios, frescos, como si hubiera ocurrido horas antes. Los análisis de mortero y pintura indicaban que había sucedido esa noche, entre las 22:00 y las 23:00 horas. Pero ningún sismo fue registrado. No había construcciones vecinas que hubieran colapsado. No hubo explosión.

El expediente oficial cerró años después. Se concluyó que Veríssimo había abandonado la ciudad voluntariamente, quizás debido al estrés de sus investigaciones. La grieta fue atribuida a un defecto estructural no detectado. Se reparó en 1992 y el edificio volvió a ser habitado. Pero en el barrio de Miragaia, entre los vendedores de bacalao seco en la Rua dos Mercadores y los cafés donde todavía se toma vino de Oporto en copas pequeñas, los ancianos susurran que la grieta fue la ciudad misma rechazando algo. Que el edificio se partió como un cuerpo que expulsa una enfermedad. Aquellos que conocieron a Veríssimo nunca creyeron que huyera voluntariamente. Y nadie ha explicado por qué, en la grieta, encontraron rastros de sangre que nunca fueron identificados.