La medianoche del 14 de octubre de 2019, Marco Villetti y Sofía Hendriks cruzaron las puertas del Bunker Club, un sótano de hormigón gris hundido tres metros bajo la Coolsingel, la avenida más transitada de Róterdam. Era viernes. La música techno retumbaba desde las 23:00 horas, y el lugar bullía de cuerpos que se movían bajo luces estroboscópicas azules. Ambos tenían 27 años. Se conocían desde hacía apenas dos meses. Lo que comenzó como una salida casual terminaría convirtiéndose en uno de los casos de desaparición más perturbadores registrados en los Países Bajos: una pareja que entró junta, pero solo uno de los dos volvería a ser visto nunca más.

Marco llamó a su hermana a las 01:47 horas. "Estamos bien, nos divertimos", dijo, su voz casi inaudible sobre la música de fondo. Sofía estaba junto a él; ella tomó el teléfono y río, hablando de las bebidas y de cuánto le gustaba el lugar. Fue el último contacto confirmado. Quince minutos después, Marco se dirigió al baño. Sofía le dijo que lo esperaría cerca de la barra. Cuando él regresó, ella no estaba. La buscó durante cuarenta minutos en la multitud, en los rincones oscuros, en la zona VIP vedada. Preguntó al personal. Nada. A las 03:15 horas abandonó el Bunker Club solo, en pánico, llamando a Sofía una y otra vez.

Lo que hace este caso particularmente inquietante es la topografía del lugar. El Bunker Club consta de tres plantas subterráneas interconectadas por pasillos estrechos, almacenes clausurados y múltiples salidas de emergencia. Las cámaras de seguridad cubrían solo el acceso principal y la barra. El resto eran puntos ciegos. Los investigadores revisaron todas las salidas: ninguna evidencia de que Sofía hubiera abandonado el edificio esa noche. Sin embargo, tampoco apareció en ninguna otra zona del local. Fue como si simplemente se evaporara entre la multitud de setecientos cuerpos sudorosos, en el lapso de quince minutos exactos.

El silencio que continúa

La policía de Róterdam interrogó a Marco durante dieciocho horas. Su relato fue consistente. Se realizaron búsquedas exhaustivas. Se drenó parcialmente el sótano por si Sofía hubiera sufrido un accidente. Nada. Los perros rastreadores no siguieron ningún olor más allá de las paredes interiores. Los análisis toxicológicos mostraron que ambos habían consumido alcohol y MDMA en cantidades moderadas. Ningún testigo la vio irse con alguien, ni verla en dificultades. Era como si el Bunker Club hubiera tragado su presencia y la hubiera borrado completamente.

Hoy, cinco años después, Sofía Hendriks sigue desaparecida. Marco se mudó de Róterdam hace tres años y rara vez habla sobre esa noche. El Bunker Club continúa funcionando como si nada hubiera pasado, atrayendo a cientos de jóvenes cada fin de semana. Pero entre los que frecuentan esos pasillos de hormigón gris, circula una advertencia no dicha: en Róterdam, la noche no siempre devuelve a quienes descienden a sus profundidades.