Eran las 21:47 cuando la ciudad de Lieja se sumergió en una oscuridad absoluta. Las líneas de transmisión eléctrica que alimentaban la región habían colapsado simultáneamente, un fallo que los ingenieros nunca lograron explicar del todo. En cuestión de segundos, los semáforos se apagaron, las farolas desaparecieron y hasta los neones del Quai de la Meuse —ese paseo ribereño que siempre brillaba sobre las aguas del río— quedaron extintos. Los teléfonos móviles comenzaron a fallar. Las redes de comunicación se saturaron. Lieja, una ciudad de más de 190.000 habitantes, quedó ciega.

Durante esas tres horas de oscuridad, mientras los técnicos trabajaban en restaurar la energía y la gente se aferraba a velas y linternas, tres personas desaparecieron sin dejar rastro. La primera fue Margot Devreux, una estudiante de 23 años que salía de la biblioteca municipal en el barrio de Outremeuse cuando se fue la luz. Sus amigas la vieron alejarse hacia la parada de tranvía, pero los tranvías no circulaban. Nunca llegó a casa. El segundo fue Henri Claes, un contable de 54 años cuyo coche quedó detenido en el túnel bajo la Estación Central. Cuando los trabajadores de emergencia llegaron con generadores portátiles treinta minutos después, el vehículo estaba vacío. Las puertas cerradas desde adentro. El tercero fue Philippe Marin, un repartidor de 31 años que entregaba pedidos en bicicleta. Fue visto por última vez en la esquina de Rue Pont d'Île, donde según testigos fue interceptado por una figura oscura que emergió de un callejón lateral.

El silencio después de la luz

Cuando la electricidad regresó a las 00:52, la ciudad despertó con una sensación de vértigo. Los informes de las tres desapariciones llegaron casi simultáneamente a la policía. Las investigaciones comenzaron de inmediato, pero los detalles eran confusos, contradictorios. Cámaras de seguridad no habían grabado nada por el apagón. Testigos hablaban de sombras que no parecían personas, de voces en idiomas que no identificaban. Un misterio fue más profundo: ¿por qué el apagón había sido tan preciso, tan total? Los reportes técnicos sugerían sabotaje, pero no había evidencia de explosivos, ni de cortes en las líneas. Era como si alguien —o algo— hubiera ordenado a la ciudad que se oscureciera.

Las tres personas nunca fueron encontradas. Sus familias siguieron buscando durante años, pero la pista se enfrió después de los primeros meses. Los archivos de la policía de Lieja permanecen abiertos pero dormidos. Hoy, más de una década después, algunos residentes del barrio de Outremeuse todavía evitan cruzar el Quai de la Meuse cuando cae la noche. Y en internet, en foros de misterio urbano, la pregunta persiste: ¿fue coincidencia que tres personas desaparecieran durante el único apagón masivo no explicado en la historia moderna de Bélgica? ¿O hubo alguien esperando la oscuridad, sabiendo exactamente cuándo llegaría?