El 14 de marzo de 2019, el dolmuş rojo y blanco número 247 de la línea Fatih-Beyoğlu llegó a la terminal de Taksim con todos sus asientos vacíos. El vehículo, uno de los minibuses que circulan por las calles de Estambul siguiendo rutas fijas pero sin horario establecido, se detuvo frente a la parada como lo hacía cada tarde. Pero esta vez, nadie descendió de la cabina del conductor. El mecánico que revisaba vehículos en la terminal ese día describió lo que vio: las llaves aún estaban en el contacto, el motor seguía caliente, y en el asiento del chofer había un uniforme gris doblado con cuidado, como si su dueño hubiera desaparecido en el mismo instante en que lo dejó.
Bekir Yilmaz, de 58 años, llevaba dieciocho años manejando esa misma ruta. Era un hombre de costumbres regulares: comenzaba su jornada a las 6:45 de la mañana en el barrio de Fatih, con sus casas otomanas restauradas y sus mezquitas centenarias, y terminaba en Taksim hacia las 19:30. Sus compañeros lo describían como callado pero confiable. Según los registros de la compañía de transporte, Bekir había completado su recorrido 247 veces en ese mismo mes de marzo. Pero esa tarde de viernes, las cámaras de seguridad de la terminal mostraban algo perturbador: el dolmuş llegaba a su destino, pero en las últimas tres paradas antes de Taksim no había subido ni bajado ningún pasajero. Las grabaciones de las cámaras dentro del vehículo—que funcionaban deficientemente—mostraban el asiento del conductor vacío durante los últimos quince minutos del trayecto.
La investigación y sus incongruencias
La policía metropolitana de Estambul abrió una investigación por desaparición. Los detectives entrevistaron a más de treinta pasajeros habituales del dolmuş 247. Todos coincidían en algo extraño: ese día, nadie había visto a Bekir en la cabina durante el recorrido. Algunos juraban haberlo visto a las 19:10 en la avenida Istiklal, otros lo ubicaban en puntos diferentes con horarios que no coincidían. Un pasajero manifestó haberlo visto bajarse en la estación de metro de Şişhane, pero Bekir nunca llegó a Taksim por esa ruta. El uniforme encontrado en el asiento fue analizado: no tenía signos de violencia, no había sangre, no había lucha. Simplemente estaba ahí, como si su dueño se lo hubiera quitado voluntariamente.
Las autoridades inicialmente consideraron varias hipótesis: un robo, un secuestro, o un colapso médico que lo llevó a abandonar el vehículo en movimiento. Pero ninguna explicación encajaba. El dolmuş no había chocado contra nada. El motor estaba intacto. Y lo más desconcertante: cuando revisaron el tacómetro del vehículo, descubrieron que había recorrido exactamente la misma distancia que el día anterior, al kilómetro. Como si alguien —o algo— hubiera pilotado el autobús siguiendo la ruta de memoria, pero sin estar realmente allí.
Bekir Yilmaz nunca fue encontrado. Su familia continúa colocando carteles en las paradas de Fatih cada aniversario de su desaparición. El dolmuş 247 fue retirado del servicio tres meses después. Los conductores que posteriormente manejaron esa ruta reportaban que, en días nublados, podían ver claramente a un hombre con uniforme gris en el carril del costado, desapareciendo cuando intentaban mirar directamente.