El Palacio de Justicia de Sofía se alza en la avenida Aleksandar Batenberg como una fortaleza de mármol y acero, testigo silencioso de décadas de secretos judiciales. Fue precisamente en sus corredores sin luz, durante la madrugada del 3 de octubre de 1974, donde desapareció Dimitri Kovác, el sereno que llevaba dieciséis años vigilando sus pasillos. Nadie supo exactamente cuándo dejó de existir, ni tampoco por qué. Lo único cierto es que cuando llegó el turno de la mañana, su ronda nocturna jamás se completó.
Kovác era un hombre de cincuenta y dos años, veterano de la Segunda Guerra Mundial y viudo desde hacía una década. Los documentos de la época lo describen como meticuloso, casi obsesivo con sus deberes: recorría cada piso del palacio cada dos horas, anotando la hora exacta en un registro que guardaba celosamente. Los abogados que trabajaban hasta tarde decían haberlo visto pasar entre las galerías de madera oscura, su linterna proyectando sombras angulares sobre los retratos de magistrados fallecidos. Algunos lo saludaban; él apenas respondía con un gesto de cabeza. Era un fantasma entre fantasmas legales.
La noche de su desaparición fue como cualquier otra: lluvia fría de octubre, las farolas de la avenida reflejándose en los adoquines mojados del centro histórico. Según el informe policial de 1974 —recientemente desclasificado en archivos parciales—, Kovác completó su ronda de las 22:30 sin novedad. A las 23:47, la guardia de seguridad notó que el registro de vigilancia estaba vacío sobre la mesa de la portería. Su linterna seguía allí, apagada. Su abrigo gris, colgado en el perchero. Pero Kovác había desaparecido de un edificio que, según todos los testimonios, estaba completamente cerrado.
El misterio sin resolver
Las primeras investigaciones sugirieron un suicidio, una hipótesis que los archivos nunca confirmaron. Se dragó el río Iskar que pasa cerca del palacio. Se revisó cada sótano, cada sala de archivos olvidada. Nada. Algunos curiosos susurraban que Kovác había descubierto algo en los archivos judiciales, documentos comprometedores del régimen que lo obligaron a desaparecer silenciosamente. Otros especulaban sobre accidentes o trampas en los pisos superiores, lugares donde quizá cayó y nunca fue encontrado. Pero el palacio fue inspeccionado centímetro a centímetro.
Hoy, cincuenta años después, el Palacio de Justicia de Sofía continúa funcionando como si nada hubiera ocurrido. Los nuevos serenos evitan hablar sobre Kovác, aunque todos conocen su historia. En los pisos nocturnos, donde los ecos son más profundos y las sombras más densas, dicen que a veces suena el sonido metálico de una linterna cayendo, o los pasos rítmicos de alguien completando eternamente su ronda. Pero nadie, jamás, ha confirmado verlo. Algunos misterios urbanos no tienen final; solo tienen espera.