A 3.600 metros de altura, donde la niebla se adhiere al musgo como una segunda piel, los páramos de Sumapaz rodean Bogotá con un misterio que ha desconcertado a biólogos y cazadores durante años. En octubre de 2019, un grupo de montañeros que descendía por el sendero que cruza las lagunas glaciares documentó fotografías de huellas desconcertantes en el barro endurecido junto a la Laguna de la Herrera. Las imágenes circularon en foros de excursionismo y rápidamente alcanzaron los grupos de naturalistas bogotanos. Lo inusual no era solo su tamaño —aproximadamente 35 centímetros de largo— sino su anatomía: exhibían cinco dedos dispuestos en patrón claramente humanoide, pero con una flexión de articulaciones que ningún primero conocido podría ejecutar.

El Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional recibió moldes de yeso de tres especímenes. El análisis preliminar descartó rápidamente engaños: la presión diferencial en cada dedo, la profundidad variable del surco plantar y las micro-fracturas en el sedimento indicaban peso concentrado en aproximadamente 80 kilos, distribuido de manera completamente anómala. Lo más perturbador fue que los rastros aparecían siempre en línea casi perfecta, como si la criatura caminara sobre una cuerda invisible, sin las oscilaciones laterales normales en la locomoción de cualquier mamífero. Los especímenes fueron clasificados como "hallazgos no concluyentes" y archivados sin mayor difusión pública.

El Testimonio del Páramo

Pero los avistamientos continuaron. En 2021, un pastor de chivos que operaba irregularmente en las laderas del páramo —territorio protegido desde 1977— reportó a policía ambiental haber visto una silueta "demasiado erguida" entre los frailejones, esos arbustos endémicos que dan al páramo su textura de catedral vegetal. Describió movimientos "invertebrados", como si la criatura articulara su cuerpo en direcciones improbables. Aunque fue interrogado exhaustivamente, su relato no varió. Los guardaparques que patrullan desde el teleférico de Monserrate —que sube desde la ciudad colonial— encontraron huellas similares cerca de los senderos restringidos, pero nunca lograron establecer un perímetro de búsqueda antes de que la neblina habitual del páramo borrara toda evidencia.

Las hipótesis convencionales fracasan: no hay primates no descritos en los Andes colombianos, el oso de anteojos —único carnívoro grande de la región— deja rastros completamente distintos, y la anatomía de cinco dedos con esa flexibilidad desafiaba la zoología registrada. En redes privadas de investigadores especializados en criptozoología comenzó a especularse sobre esquemas evolutivos divergentes, supervivencias relictuales de homínidos fósiles, o incluso hipótesis más especulativas que la comunidad científica rechazaba de plano.

Hoy, las huellas continúan apareciendo irregularmente en los páramos de Sumapaz. Los montañeros novatos que suben desde Bogotá por los fines de semana conocen ya la leyenda local: evitar la zona de la Laguna de la Herrera después del atardecer, cuando la niebla torna irreconocible el terreno. Porque en esa blancura opaca, donde ningún teléfono tiene señal y los sonidos parecen succionados por la altura, alguien —o algo— continúa caminando en línea perfecta sobre tierra que nadie debería habitar.