En la noche del 14 de marzo de 2019, la centralita de la comisaría de Whitefield en Bangalore recibió tres llamadas consecutivas. El interlocutor —una voz distorsionada, mecánica, sin acento identificable— transmitía el mismo mensaje: "El suministro fallará en cuarenta y dos minutos. Sector norte. Desde la subestación de Ramprastha hasta el barrio de Indiranagar. No hay forma de evitarlo." Los policías anotaron la información con una mezcla de escepticismo y protocolo. A las 23:47, exactamente cuarenta y dos minutos después de la tercera llamada, un apagón masivo sumergió en la oscuridad total más de dos millones de personas. La precisión fue perfecta.
Lo que hizo el incidente particularmente perturbador no fue solo la predicción acertada, sino los detalles. Los ingenieros de la compañía eléctrica estatal reconocieron que el corte coincidió exactamente con una falla en cascada del transformador principal de Ramprastha —una falla que, según sus análisis posteriores, comenzó a gestarse apenas treinta minutos antes de la llamada. No había forma de que alguien externo lo supiera. Los equipos de seguridad revisaron obsesivamente los registros de la subestación: no había acceso no autorizado, no había sabotaje visible, no había nada. Cuando se presentaron con los datos al investigador criminal Ramesh Iyer, este sintió un escalofría que le persiguió durante meses.
Las investigaciones posteriores revelaron más enigmas que respuestas. Las llamadas no provenían de un teléfono móvil ni de línea fija registrada. El sistema de rastreo de la compañía telefónica local detectó que la señal "rebotaba" entre torres de telefonía de manera física imposible: los algoritmos indicaban una ubicación simultánea en tres puntos distantes de la ciudad. Los técnicos lo atribuyeron a "un error de calibración". Pero nadie pudo explicar cómo alguien con acceso a información operativa tan delicada de la infraestructura eléctrica había logrado acceder a ella, ni por qué lo anunciaba en lugar de actuar en silencio.
El silencio posterior
Después del apagón, todas las llamadas cesaron. Los operadores esperaban más contactos, más advertencias o amenazas, pero nada llegó. Durante semanas, la policía intensificó controles en los autobuses de las rutas BTS que atraviesan Whitefield, interrogó a técnicos de la compañía eléctrica, revisó antecedentes de empleados con acceso a sistemas críticos. Nada convergió en una conclusión. La prensa local cubrió la historia durante una semana; luego, como si alguien hubiera decidido que ciertos misterios debían permanecer sepultados, el silencio mediático fue casi total. Las autoridades nunca emitieron comunicado oficial. El expediente fue clasificado como "incidente no resuelto por falta de pruebas".
Hoy, años después, los recuerdos del apagón de Bangalore persisten en la memoria colectiva de Indiranagar como un evento sobrenatural. En cafeterías cercanas a la avenida CMH Road, algunos habitantes aún especulan sobre quién hizo aquellas llamadas y si realmente sabía lo que sucedería, o si fue algo peor: si acaso fue alguien —o algo— que simplemente manifestó lo inevitable.