La Medina de Fez es un laberinto de más de 9.000 callejones donde la luz del día apenas penetra. Sus muros de barro cocido se retuercen sobre sí mismos en un tejido urbano medieval que confunde incluso a los habitantes de toda la vida. Fue en este corazón ancestral donde, una noche de octubre de 1998, Samir Ben Mehdi y su novia Yasmine decidieron celebrar su compromiso en la Número 7, una discoteca semisecreta ubicada en el sótano de un antiguo caravanserai. El lugar era conocido entre los jóvenes de la ciudad como el sitio donde las reglas tradicionales se disolvían junto con el humo de los cigarrillos, donde la música francesa y árabe chocaban en una fricción hipnótica que duraba hasta el amanecer.
Esa noche, según el relato de Samir, fue como cualquier otra al principio. La pareja bailaba en la pista abarrotada cuando, alrededor de las 2 de la mañana, él decidió buscar una bebida. Los baños estaban al fondo, por un pasillo que descendía aún más bajo el nivel del sótano. Samir dice que fue allí donde perdió de vista a Yasmine. Cuando regresó quince minutos después, ella no estaba donde la había dejado. Revisó la pista de baile, los rincones oscuros, interrogó a otros bailarines. Nada. A las 3 de la mañana, alertó al dueño del lugar, un hombre de mediana edad llamado Khalid que nunca fue identificado formalmente en los reportes posteriores. Khalid le dijo que solo había una salida: la escalera por la que habían entrado. Nadie podía haber salido por otro lado. No había ventanas. No había puerta trasera, según él.
El expediente inconcluso
La policía de Fez abrió una investigación que duró tres meses. Entrevistaron a treinta y dos testigos. Ninguno recordaba haber visto a Yasmine salir de la Número 7. Su bolso fue encontrado bajo una mesa de la pista de baile, junto a su reloj de pulsera, como si se hubiera desprendido durante el baile. El teléfono móvil que llevaba —un Motorola modelo 1998— desapareció con ella. La investigación oficial concluyó que podría haber salido a la calle y cometido un acto impulsivo, pero la familia rechazó esta conclusión. Yasmine provenía de una familia de comerciantes respetados; no había razones conocidas para una desaparición voluntaria. Las búsquedas en los alrededores del caravanserai no produjeron evidencia alguna.
Lo que permanece sin explicación es cómo una mujer joven desapareció de un espacio cerrado con una única salida monitoreada, en el lapso de quince minutos, sin dejar rastro excepto sus pertenencias. Los rumores susurrados en los cafés de la Medina hablaban de pasadizos secretos bajo la ciudad, de estructuras anteriores a la época medieval, de espacios donde la ley nunca llegaba. Otros, más pragmáticos, sugieren corrupción local y un crimen nunca esclarecido. Samir Ben Mehdi abandonó Fez tres meses después. Nunca se casó. La Número 7 cerró sus puertas al año siguiente. Hoy, el caravanserai es un edificio vacío, cerrado al público, donde los guías turísticos evitan detenerse. Y en las noches silenciosas de la Medina, algunos dicen escuchar música de discoteca proveniente del subsuelo, aunque hace décadas que nadie baja allá.